Crónica a la ‘Vieja Mello’

Luego de rezar el Rosario de Aurora por 10 días, la fiesta está lista. Los feligreses fielmente asisten a su preparación desde las 5:30 a.m., partiendo desde la Catedral Nuestra Señora de los Remedios (nombre en su honor), hasta diferentes puntos de la zona centro de Riohacha donde al finalizar cada rosario se celebra la santa eucaristía. Todo esto como antesala a la conmemoración más grande que tiene la iglesia católica en Riohacha, las fiestas de La Virgen de los Remedios.

Llegó el día esperado, 2 de febrero, día sagrado para el riohachero creyente, que sin falta asiste a la plaza del gran Almirante Padilla. El hombre por tradición acude a hacer fila para recibir la vela de ‘La Vieja Mello’ (así le llaman por cariño), y espera la procesión que evoca el día en que la tempestad casi acaba con la ciudad.

Este acto es conmemorado como agradecimiento a tan inmortal hecho.

En el parque Padilla las familias esperan pacientemente la hora, conversaciones van y vienen, las ventas de rosarios y estampas de la virgen están por doquier; el calor acecha, los vendedores de refrescos hacen su agosto; los medios de comunicación en sus carpas instaladas acaparan la atención de los asistentes como medio de distracción mientras comienza la procesión. Políticos, personajes y artistas desfilan por cada una de ellas. Édgar Ferrucho Padilla no puede faltar con sus peculiares entrevistas.

Suenan las campanas, la banda afina instrumentos, el reloj marca las 10:03 minutos de la mañana, se asoma la imagen por la puerta principal, se escuchan voces: “Ya va a salir la virgen”, “vamos a ubicarnos” se preparan las sombrillas, abanicos y toda clase de objetos que sirva para protegerse del inclemente sol. La romería acecha; suena la banda a son de vals, siguen repicando las campanas, la cruz llevada por una mujer abre paso ante la multitud mientras la imagen es bailada de lado a lado. Los cargueros se disputan el derecho a cargarla. Alguien sale, después de intentar llevarla aduciendo que no hay control para eso.

Entre tanto, Benjumea, fiel creyente por muchos años caminando de espalda, organiza la marcha y ordena que la sigan bailando. Una mujer manifiesta: “El día en que Benjumea fallezca, va a hacer falta”. Aparece una figura política queriendo llevarla en hombros, de pronto se escuchan voces decir: “Él cree que lo va a seguir ayudando”. Sin embargo, le dan turno para cargarla. ¿Por qué no la cargas tú? Le preguntan a un fiel feligrés; este observa el trayecto, mira hacia atrás y ve que se aproxima la Alcaldía distrital y expresa: “No, esta alcaldía está muy salá, yo mejor la cargo en la curva del teatro Aurora, no vaya a ser que se me vaya a pegar”.

Sigue la procesión, se escucha entre dientes rezar el Ave María y la consagración en su honor. Miro hacia abajo y observo personas a pie descalzo pagando su manda, (Dios permita por medio de su intercesión conceda sus peticiones). La procesión avanza, vehículos parqueados en medio de la carrera obstaculizan el paso, una mujer se interroga:

¿Por qué dejaron parquear estos carros aquí ante tan magno evento?

Sigue sonando la banda, ante mi oído musical escucho un entrechoque de platillos sin acompañamiento del bombo, pasa desapercibido por muchos, pero notado por los que saben de música. La imagen sigue su recorrido, se aproxima ante unos cableados de empresas privadas que obstaculizan el paso. Con la pericia de los cargueros sale avante la situación, los aplausos no se hacen esperar.