Crónica marginal de un festejo

Despunta la mañana mientras el sol amaga a escondidas en un día nublado. El señor R. ataviado con una camiseta de la selección venezolana de fútbol en su patio cercado de alambres de púas y usando un trapo húmedo limpia las varas de caña que luego acomodará en el baúl de su carretilla – trapiche en la que exprime el jugo que todos los días ofrece entre sol y sombra en el mercado nuevo. Esa es la fuente del sustento de su familia multiplicada y que vive en arriendo. 

En otro lugar de la ciudad y en otra hora aún se siente el eco de los fuegos artificiales que en solitario fueron arriados al firmamento. Riohacha los escuchó perpleja desde su indiferente confinamiento. El murmullo se acalla con la expresión fatigada de una mujer madura y entera que expresa: -Hoy no he hecho ni para el pan de la mañana

Cae la tarde y su mirada divaga en los alrededores de la plaza principal debajo de la estatua de Padilla. Con el tapaboca curtido y su rostro bronceado por la necesidad fija su mirada en un niño que portando un saco hurga en las canecas de basura aprisionando las bolsas sin asco, tentando la textura semisólida de un plástico, de un objeto reciclable. La incertidumbre es sustento de ambos.

La noche llega y el descanso se tropieza con el imponderable propósito de velar por el agua que festeja 30 años socavada por contratos perversos de repartija que no han logrado su permanencia y su potabilidad. El señor R. baja a un foso artesanal y da comienzo al concierto de cebar la tubería hasta que el gorgoteó anuncie que el chorro por fin ha acudido al llamado. A veces la madrugada del día siguiente sorprende su vigilia. 

Tras el segundo aguacero de la temporada cíclica de lluvias que es esperada expectante por quienes viven de la tierra y con miedo por quienes tienen memoria de cada invierno, como el señor R. sabiendo que colapsa con tres gotas el sistema de alcantarillado pluvial hecho a retazos y se sublevan los humedales en fiesta al desquitarse el asedio de la ciudad que cada día los violenta más con rellenos, desagües sépticos y basura. En una hora de aguacero nadan como en piscina un alboroto de niños y adultos con la conciencia difusa de exponer sus humanidades a la amenaza de contaminantes que confluyen de las alcantarillas desbordadas y del clamor del cielo. Ahí está la clave del estoicismo de la sociedad: la capacidad de convertir una desventura, la mala hora, el resultado de años de imprevisión; en festejo.

Entre paradojas y contrastes existe, es real, un barrio frente al mar y empotrado en una altiplanicie desde el cual se observa la espesura de un océano multicolor reflejo de sus estados de ánimo, bautizado con el nombre de ‘Los Deseos’. Casas de cartón, pedazos de zinc, polisombras, madera, avisos de política abandonados y de retazos reciclados en forma de vivienda, todos los días a la misma hora son fumigados por la explosión de las alcantarillas vertidas al mar. Un hedor insoportable que a fuerza de costumbre hasta los niños toleran mientras juegan boliche. Allí llega la institución de Bienestar Familiar y sus funcionarios son atracados por un vecino armado de pistola, droga y valor, quitándoles celulares y objetos de mediana valía. El vecindario rechaza la arbitrariedad y amenaza al padre del delincuente que los priva del domiciliado servicio de asistencia social, el entre tanto, desaparece unos días confiado en el olvido. El señor R. reside en otro barrio pero vive tentado por ser algún día propietario en ‘Los Deseos’.

El señor R. arrastra su carretilla hasta el otro extremo de la ciudad a través de un pavimento nuevo lleno de cráteres y grietas que nunca fueron selladas con brea y que resiste menos que las placas antiguas de la vieja Riohacha. Esquiva carros hundidos entre los huecos, árboles sembrados en las alcantarillas y las fisuras del concreto y de la conciencia permeada por el agua que perfora hasta los sentidos.

Otro amanecer y las distancias entre una ciudad que festeja y la otra que padece se antojan insalvables.