Cuando Maicao era Maicao

Por Edwin Solano García

La época que nuestros ancestros recuerdan como el tiempo de la bonanza maicaera, coincide con la década del año en que Dios me permitió nacer, les hablo de 1977.

Mentalmente me es imposible recordar el momento en el que después de pocos meses de nacido, mi madre por circunstancias del destino, decidiera abandonar la apacibilidad de su pueblo, por venir a pasarse un tiempo que se han convertido en 43 ininterrumpidos años en el entonces agitado y hoy llamado “Pueblito de Dios”. Gracias a la decisión de esa sabia mujer, Dios me permitió crecer en todo sentido en el Maicao del alma de muchos, escuchando siempre de la boca de sus habitantes el suspiro incomprendido que exclama: “Cuando Maicao era Maicao”. Creo que esta repetida frase hace referencia a aquel tiempo en el que los abuelos cuentan que las casas eran bodegas de armas, marihuana, azúcar y café de contrabando. Tiempo en el que se dice que la plata no se contaba, si no que se amontonaba y se empacaban  los billetes de igual denominación en sacos. También podría referirse a la época en que incursionaron los árabes al territorio, revolucionando el comercio con grandes cargamentos de todo tipo de artículos importados.

Esta práctica comercial que atrajo durante años a habitantes de todo el territorio nacional e incluso de naciones vecinas, convirtió a nuestro pueblo en una vitrina comercial, que más adelante se convertiría en una amenaza para los grandes comerciantes del interior del país que veían como el comercio de un pueblo olvidado por el estado llevaba a pique sus gigantes empresas productoras, así mismo desde lo oculto, los contrabandistas poderosos de otros departamentos se sentían en desventajas con nuestro bendecido puerto. Hoy de esa época sólo quedan recuerdos que muchos añoran, también queda una familia que sin tener registro civil se reconocen entre sí, la familia “yo tuve” y la curiosidad de muchos por precisar cuál fue el beneficio que trajo para nuestra tierra, tanto derroche económico.

Por mi parte prometo no utilizar ni enseñarle a mis hijas la frase “cuando Maicao era Maicao, pues el Maicao que ellas y yo necesitamos para ser felices es el que hoy existe, nuestra tierra prometida, la que con sufrimiento y desvelo ha sido preparada para que los que creemos en ella la disfrutemos. La realidad actual de este pueblo es la propicia para vivir mejor; no está atravesando su peor crisis, la prueba está en que hoy cualquier maicaero raso puede arriesgarse a tener su propio negocio, sin pedirle permiso a extranjeros, sin miedo a que lo humille una mirada o que lo amenace su patrón que con lenguaje poco traducible le grite que lo votará como un canino a la calle. Usted y yo tenemos la obligación moral de rescatar esta tierra, de sembrar la gracia de Dios y demostrar que los nativos tenemos garras para formar empresas y para trasladar una herencia de desarrollo sostenible a las generaciones que nos sucederán, hoy es el momento, Maicao es tuyo, Maicao es mío. Sin miedo al progreso, podemos lograr que nuestros bisnietos le enseñen a sus generaciones a gritar con orgullo el Maicao de hoy es mi Maicao porque Maicao Vive.