Cuando soñar se convierte en un privilegio

Han transcurrido un par de semanas y yo sigo pensando en aquel pequeño de siete años que se robó mi corazón en una jornada social el pasado domingo 16 de diciembre con la Fundación Pintada Solidaria, cuyo objetivo principal es embellecer y arreglar las casas de varios barrios de Riohacha, ubicados en sectores vulnerables con miras a mejorar su calidad de vida.

Este pequeño llamado Harold se acercó con mucho entusiasmo al equipo de trabajo en el que me encontraba conformado por  seis amigas y decidió ayudarnos en la labor de pintar una de las tantas casas. Poco a poco se fue ganando nuestro cariño y nosotras queriendo conocer un poco más acerca de su vida y de su realidad. Nos contó que vivía con 3 hermanos, su tía y los hijos de su tía porque su madre había fallecido y su padre residía en el municipio de  Maicao, circunstancia que nos aguó el corazón a todas las presentes. Pasado un momento de charla decido hacer una de las preguntas típicas que se le hacen a los niños para conocerlos más y colocar su imaginación a volar ¿Harold, y qué quieres ser cuándo seas grande? Esperando y suponiendo que Harold como la mayoría de niños respondería que: doctor, abogado, policía, futbolista o algo similar, la respuesta que nos dio fue confrontante. Una de mis amigas y yo, quienes escuchamos la respuesta, nos quedamos en un silencio profundo, aunque tenemos claro que ningún trabajo es deshonra, jamás pensamos que un pequeño nos daría ese tipo de repuesta. En ese momento caímos en cuenta que soñar también se convierte en un privilegio y que como Harold  hay millones de niños en nuestro país y en el mundo que sus realidades les han quitado la capacidad de soñar y de creer que pueden alcanzar grandes sueños al convertirse en adultos.

Harold vive en un barrio de invasión, sin calles pavimentadas, alejados de la ciudad y en casas de una pieza que se adapta a cocina, comedor y cuarto para más de 5 personas normalmente, ese día tuve la oportunidad de interactuar con varios habitantes de esta comunidad y me di cuenta que aunque son personas pobres en oportunidades son ricos en valores, todos se mostraron muy alegres y  agradecidos de la ayuda que se les estaba brindando. Desde ese día, llevo en mi mente el rostro de Harold, ese niño entusiasta que ese día me pellizcó y me mostro una realidad nada dulce y agradable.

Según el Banco Mundial somos el cuarto país más desigual del mundo y este título no es adrede. Ese  día recordé cuanta pobreza y falta  de oportunidades había a mi alrededor, lo afortunada que era al poder haber crecido con mi madre y mi padre  y que nunca me faltara nada, que aunque muchas veces nuestras ambiciones nos llevarán a querer mucho más e incluso llegar a sentirnos inconforme, la realidad es que en países como el nuestro el poder tener una casa de cemento, con techo, las tres comidas necesarias al día y la oportunidad de ir a la universidad ya nos hace millonarios y privilegiados, también les confieso que me juzgué por la cantidad de tiempo que había  tardado en ser consciente de los privilegios que Dios y la vida me regaló, y por la falta de conciencia  social que habitaba en mí y que existe en este mundo, de seguro muchos de ustedes como yo han contado con estos privilegios de los cuales no hemos hecho nada para merecer, pues hemos nacido con ellos y los cuales considero no pueden ser  por ningún motivo una razón para sentirnos superior e incentivar el sesgo social, todo lo contrario debe ser un motor y una razón para ayudar de alguna manera a esas millones de  personas que no han tenido esa fortuna, que han nacido con escasas oportunidades, que no solo necesitan la ayuda del Estado o de los gobiernos, sino también de todos nosotros, que cualquier esfuerzo suma y que aunque sintamos que lo que hagamos es tan solo una gota de agua en el mar, el mar sería menos si le faltara esa gota.