Cuaresma, en clave Covid-19

Lamentando profundamente la suspensión de la celebración cultural del carnaval, celebramos la muerte de ‘Joselito’ por el intransigente Covid-19. Sí, lamentamos y sentimos la ausencia, pues los carnavales nacieron bajo el auspicio de la Iglesia Católica para animar a los feligreses a vivir con intensidad la cuaresma, con la serenidad de la austeridad, la intensidad de la oración, la generosidad en la ofrenda para ayudar a los necesitados, pobres y enfermos abandonados.

El Miércoles de Ceniza es la apertura a la gran escuela de espiritualidad que ofrece a los católicos la oportunidad para evaluar criterios y comportamientos, iluminados por la vida de Cristo que nos anuncia el Evangelio del Reino, superación de todo mal y promesa de bienaventuranza.

Queramos o no, el Covid-19 es una ayuda para reconsiderar la fragilidad humana y las ayudas de que disponemos a nivel planetario para contrarrestar los efectos negativos de la pandemia. Las conclusiones son bien impactantes. La humanidad no estaba preparada para las sorpresas que nos impone la naturaleza. La impotencia, desde los países poderosos a los más pobres, desde los humanos más linajudos a la gente común y corriente, aplasta nuestra supuesta opulencia técnica, para reencontrarnos como humanos que habitamos una misma residencia terráquea, que han de buscar entre todos, formas de control para salvaguardarnos y, sobre todo, saber sobrellevar lo que parece será un compañero ingrato durante tiempo indefinido. La cuaresma, escuela de espiritualidad nos ofrece a nivel profundamente humano la humildad de aceptar nuestras limitaciones, sin por eso depreciar las grandezas actuales e históricas y la dignidad, aún experimentando el deterioro y la muerte que nos inflige la pandemia. La solidaridad es uno de los valores más acentuados, es obvio que muchos se están beneficiando y enriqueciendo opíparamente con motivo de la necesidad que tenemos de usar medicinas y sobre todo la vacuna, pero a pesar de esa abominable explotación de la institución mundial de la salud, la solidaridad debe ser el comportamiento corriente en el vecindario donde habitamos, en el transporte que usamos, en el comercio donde avituallamos lo indispensable para el día a día.

El desplome económico, con todo lo que este supone, nos ayuda a recuperar el valor de la austeridad, el ser humano vale por sí mismo no por lo que aparenta. El no apreciado confinamiento, nos ha obligado a remirar el espacio familiar y hogareño, para reconfigurar nuestras relaciones más afectuosas. El confinamiento nos permite revalorar las relaciones laborales, las relaciones sociales en esas actividades anuales donde las personas se distienden, reposan, gozan, descansan. El tiempo, que perezosamente camina dentro de casa, nos puede replantear nuestros ocios, nuestras formas de diversión. Pero más aún el confinamiento nos está preparando para un cambio fuerte en las costumbres sociales. O nos capacitamos para el tiempo de cambios que se avecinan o experimentaremos el desplazamiento histórico. La escuela cuaresmal nos ofrece la capacidad de convertir en ofrenda agradable a Dios las incomodidades que produce la mascarilla, la distancia social; es un sacrificio personal y colectivo, al que podemos sacar partido desde la fe y con el aprendizaje de saber manejar el sufrimiento.

Jesús, nuestro compañero de camino desde el árbol de la cruz nos reabre a la esperanza; el hombre sigue llamado al gobierno de esta tierra, a los avances que procuran bienestar, al gozo del amor hecho infancia. El humano no termina en la dormición de la muerte, pues en la aurora de la eternidad despertaremos a la gloria de la resurrección. Cuaresma y pandemia un matrimonio no deseado pero que sin duda nos está cambiando.