De la feria de avales y otros demonios

Es bien conocido por todos, o al menos por los que están interesados en participar de nuestra democracia aspirando a algún cargo de elección popular, que para hacerlo deben contar ya sea con el aval de un partido, o con el respaldo de un grupo significativo de personas, que con su firma lo respalden, lo anterior tendiendo a fortalecer la democracia y garantizar las oportunidades para todos los ciudadanos. Ahora bien, la ley 130 de 1994 les otorga a los ciudadanos libertad para crear, pertenecer o retirarse y para difundir la doctrina o postulados de un partido con una facilidad asombrosa. ¿Es esto bueno o malo?

Acudiendo al principio de buena fe, se podría decir que todas las leyes y normas tienen un fin benéfico para el desarrollo de la sociedad, pero como las cosas no siempre son como se piensan o calculan, el tema de partidos se ha convertido en un asunto de conveniencia, donde hay partidos de primera y de segunda, que difícilmente logran posicionar sus postulados y que sin temor a equivoco ni sus propios militantes los conocen o se identifican con ellos, y si de avales se habla la cosa no está mejor, se dan y se reciben por muchas razones, la conveniencia política en la mayoría de los casos, pero rara vez por convicción. Y la situación ha llegado a extremos tales que se habla de avales comprados, o tranzados por compromisos burocráticos.

La legitimidad de los partidos está en su doctrina y postulados, y lograr que el mayor número de ciudadanos se identifique y crea en ellos, que es el fin mismo de la pertenencia a una colectividad y no debe resultar tan fácil renunciar a los ideales y creencias y a los 5 minutos creer en otro ideal que podría ser diametralmente opuesto.

En cuanto a los avales, la razón para entregarlos por lo general no es la identidad, militancia seria y afinidad en la creencia, sino posicionamiento electoral, y para solicitarlos es más triste aún porque es dependiendo qué tan fácil sea obtenerlo, o sea cuantos menos filtros tenga el partido, o cuánto cueste. Terminan los candidatos con una feria de avales de partidos que ni siquiera tienen el mínimo grado de afinidad entre ellos, pero que con la posibilidad de inhabilidades respirando en la nuca se ganan el derecho de estar en las tan ansiadas ternas.

Los ideales ya no existen y todo se rige por la conveniencia de llegar al poder, más no por la de avalar buenos candidatos que minimicen los riesgos de elegir malos gobernantes, ya no representa ningún honor pertenecer a colectividades que no se identifican claramente con nada, pero le apuntan a cualquier cosa que represente triunfo político.

Es hora de exorcizar los partidos, mirarlos desde adentro purificarlos desde sus bases y más aún su dirigencia, revestirlos de credibilidad y amor propio y no dejar que los seduzcan los demonios encarnados en las ansias de triunfo y poder.