Del luto, la muerte, la vida y otros asuntos

Cuando mi abuela murió, hace 26 años el pasado 9 de febrero, le guardé “consideración” los nueve días de rigor en nuestra cultura guajira, pero me bailé los carnavales. Murieron también Elkin y Gustavo, mis hermanos de padre, Elkin murió un año antes que mi abuela,  y mis rigurosos nueve días fueron en jeans y blusas de colores suaves, al día diez me vestí “de color”. Algunas primas indiscretas me decían: eso no es luto.

Cuando mis padres me interrogaron al respecto, les dije claramente que la consideración que vieron durante esos novenarios,  solo fue por respeto a ellos, pero que para mí el negro o el amarillo solo eran colores, que los usaba indistintamente,  según me quiera ver y no definían la intensidad de mi dolor.  “Así que, de mí no esperen luto, ni cuando ustedes se vayan, yo vivo el luto en el corazón”.  Afirmé.

En la discusión, tres  de mis hermanas coincidían conmigo, dos no, mi mamá opinaba que guardemos luto por un año y mi papá decidió que se iba a ir a morir dónde sus hermanas, ella si le guardarían luto. Yo fui libre públicamente del luto.

Gustavo mi otro hermano, murió muchos años después, así que luego del sepelio, simplemente vestí normal.   Pasados los nueve días regresé a mi trabajo y algunos compañeros fueron a expresarme sus condolencias. Una compañera al verme vestida “de color”, se tragó su pésame, saludo y se fue.  Al llegar a su oficina consternada  comentó su acción,  decía que no me dolía mi hermano,  pues ni luto tenía.

La conversación de la muerte, el velorio, el luto, las nueve noches, se daban con frecuencia en casa. Con el tiempo la posición de mi mamá fue evolucionando, pasó de un sepelio con marcha fúnebre al son del  bombardino y redoblante a que le cantaran en el panteón ‘La Juntera’,  del vestido blanco pasó al rojo sangre y que el luto fuera por nueve días con colores pasteles,  Menos ‘La Negra’ – ósea yo –  ya sé que no me va a guardará luto”. Decía.

Yo estaba de acuerdo con vestirme de rojo para su sepelio, hasta que llegó el día, no fui capaz, ninguna de las mujeres de la familia lo fue.  Una reunión súper importante la noche anterior a su sepelio nos convocó. ¿Qué vamos a hacer? La decisión: todas de blanco, con los labios rojos. Tres meses después aún no era capaz de ponerme un vestido “de color”, me  vestí de luto, hasta que quise vestirme de color, pero cada día pinté mis labios de rojo.

Celebro la muerte tanto como la vida, es el hecho más natural y seguro que tenemos, ¡vamos a morir! “Si, todos vamos a morir”.   Es una verdad irrefutable y decidí afrontarla hace muchos años cuando supe que el nido de una culebra con siete culebritas cayó en la cama dónde mi mamá me dejó dormida el día que nací.

Entendí que nacemos con una fecha de vencimiento que se cumple el día exacto, no la víspera, ni después.  Yo no debía nacer y morir el mismo día.  Pero voy a morir. Saberlo me impulsa a vivir cada día como si no tuviera más.

No tengo conflicto con la muerte, no tengo miedo de morir, no lo deseo, pero tampoco me asusta, estoy tranquila al respecto. Si la muerte llegara,  más que morirme me dolería el dolor de los que me sobreviven, sé que no puedo evitárselo, cómo no he podido evitarlo yo, por mis abuelas, mis hermanos y mi madre. Entiendo que vivir es morir un poco cada día, y morir es vivir de otra manera; vivir en el corazón de la gente que nos ama, en lo que les transmitimos, en las vidas que inspiramos.

También vivo sin miedo, gozo la vida a todo lo que da.  Amo, doy, recibo, confío, canto, rio y lloro por igual.  Quiero gastarme la vida disfrutándola,  después de todo, la vida es un regalo que se desenvuelve cada día, antes de la muerte, que es la puerta a la eternidad.

Para los que creemos en la eternidad, el morir es ganancia.