Del miedo a la protesta (20-XII-19)

Con el anuncio de nuevas movilizaciones, marchas y cacerolazos, es hora de reflexionar acerca del momento histórico político que vivimos. Una vez más se pondrá a prueba la capacidad de convocatoria pacífica de la oposición, aunque seguramente se presentarán hechos vandálicos, que si bien es cierto la protesta no promueve, si aumenta el riesgo de su ocurrencia porque la exclusión social inevitablemente hará catarsis en desmanes, al no poderse expresar en los reducidos espacios de participación política.

El estallido social de hoy no es exclusivo a Colombia, en Chile este sábado muchas personas marcharon en silencio, vestidos de negro en conmemoración a los 27 muertos, miles de heridos y cientos de lesionados, torturaos o abusados sexualmente en las comisarías desde hace tres meses que comenzaron las protestas, según el Instituto Nacional de Derechos Humanos.

Similarmente, ya en Ecuador los indígenas habían puesto en jaque al gobierno de Lenín Moreno, marchando desde las provincias hasta Quito y bloqueando a su paso las vías porque el gobierno en atención a que el Fondo Monetario Internacional le iba a presar 4.200 millones de dólares, anunció un ‘Plan de Austeridad’,el cual incluía la eliminación de subsidios a los combustibles, aumentando el diésel en un 120% y el galón de gasolina de US$1.85 a US$2.30, y que por ende produjo un incremento en las tarifas del transporte público, afectando como siempre a los más débiles.

En Bolivia un supuesto fraude electoral terminó sacando a Evo Morales del poder, luego de que masivas movilizaciones lograran que el general de las Fuerzas Armadas, Williams Kaliman, le ‘sugiriera’ al líder indígena renunciar a la Presidencia. Sin Evo a la cabeza del gobierno, entonces se iniciaron manifestaciones a su favor en Cochabamba, enfrentando a los cocaleros con la Policía, dejando como saldo 9 muertos y 135 heridos.

En Venezuela, tal vez donde se inició la regional ola de protestas denominada como ‘la primavera latinoamericana’, intensificó el descontento desde la juramentación de Nicolás Maduro en enero de 2019. El saldo de víctimas y migración de nacionales crece cada día. Las marchas de gobiernistas y opositores son el pan de cada día.

Volviendo al país, debemos decir que la convulsión social obedece a la deuda acumulada de varios gobiernos y no a la circunstancial oposición al régimen de turno. Al presidente Duque le explotó en las manos una crisis que él personalmente no ocasionó, pero que será quien responda por su trámite como jefe de Estado. De su desempeño dependerá que se consolide como un gran estadista o simplemente sea una equivocación producto de la popularidad del expresidente Uribe.

En limpio podemos sacar que el miedo al Castrochavismo sirvió para elegir presidente, pero ha sido insuficiente para contener la avalancha reprimida de la insatisfacción; que la sociedad está demandando acciones tangibles de movilidad social; que esa fuerza no es localizada geográfica ni ideológicamente en un lugar ni en una persona, está dispersa en cada una de las frustraciones mayoritarias en todos los hogares. Entonces, presidente, tome el sartén por el mango y mande, con sensibilidad social y garantía al disenso, pero mande.