Desobediencia contagiosa

“Ve pueblo mío, entra en tu casa y cierra las puertas detrás de ti. Escóndete un poco mientras que pase la ira del Señor”. Isaías 26:20.

Tendido de espalda en el piso y mirando el techo estaba Juan. Se sentía cansado y confundido después que regresara de un viaje el fin de semana. Habían transcurrido cuatro días de su retorno y prefirió quedarse acostado en casa. Tenía un leve dolor de cabeza, que fue aumentando con las horas. Sintió un dolor punzante detrás de los globos oculares. El dolor de cabeza empeoró y los ojos le dolían. Después, tuvo la sensación que el dolor le recorría, en círculos, dentro de su cabeza. Tomó analgésicos, pero no mejoró. Sin tener la mínima idea de lo que le estaba ocurriendo, solamente los síntomas, fiebre y tos seca, trató, a pesar de todo, de no prestar atención a lo que podría ser el inicio de una enfermedad: tal vez estuvo expuesto a algún agente extraño, aún sin pruebas concluyentes.

El relato ilustrativo, contenido en las líneas previas, mantiene una relación ligada a la exposición de una persona a un agente desconocido, su contagio y los síntomas de la enfermedad. Es una radiografía que muestra la facilidad que tenemos para contagiarnos, la progresiva propagación y el desencadenamiento de una crisis sanitaria, como la que hoy nos afecta. Somos agentes propagadores en potencia, pero, vale la pena resaltar que, según conceptos de científicos, el virus del Covid-19 fue creado en laboratorios de China, con la participación de oportunistas de la industria y promotores de enfermedades y muerte. No existen dudas, esta pandemia es un fenómeno sin precedentes que está retando a los gobiernos y a los pueblos del mundo; debemos guardarle respeto.

No es entendible que conociendo con antelación la enfermedad, aun se guarden tendencia al “negacionismo”; no aceptan que la pandemia es real o que su gravedad no es letal para tenerla en cuenta.

Recordando al humorista Hebert Castro, en los años 80, el repertorio de su programa radial, incluía temas y personajes de su creación. El referente de esos personajes era el despistado “Peraloca”, fue a quien le advirtieron, le recomendaron, le aconsejaron que no saliera a la calle y guardara la cuarentena, que usara tapabocas y se lavara las manos, que no hiciera viajes innecesarios a playas y ríos, que mantuviera el distanciamiento social, que evitara las aglomeraciones y las fiestas clandestinas y, ¿Qué pasó? Se pasó las advertencias por la faja, se fue de paseo y hoy sufre las consecuencias de un contagio que se podía evitar.

Se diría, que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. No cumplimos el precepto bíblico que encabeza este escrito, Data del siglo VII a. C. y menos los nuevos. ¿Somos “Peralocas”?, engañamos nuestra conciencia, haciendo caso omiso a las advertencias de las autoridades de salud, utilizando pretextos.

Es preocupante la actual situación del país y, por ende, nuestro Departamento. El tercer pico de pandemia, ha llegado muy agresivo, en contagios y muertes. Cada día vemos que las estadísticas aumentan el número de infectados y en las redes el lazo luctuoso anunciando la partida de familiares, amigos y conocidos, a quienes no hemos podido despedir por obvias razones.

A pesar de la preocupación de las autoridades de salud, es notorio que han fallado en la prevención y el control; los contagios crecen vertiginosamente. Hemos sido desobedientes, desestimamos la solidaridad, olvidamos aquellos que arriesgan su vida en el cuidado de los contagiados, no hemos cumplido con las normas de bioseguridad y tenemos atestadas las clínicas y seguimos llevando nuestros seres queridos al cementerios.