Diciembre… anecdótico y diferente

“Los días de diciembre son los mas que hay entre todos los meses del año, cuando uno menos piensa te marchaste y viene enero con su cruel verano”.

Fue en 1970 cuando los Hermanos López con la voz de Jorge Oñate dieron a conocer su primer LP titulado ‘Lo último en vallenato’ en la cual incluyeron ‘Diciembre alegre’, una canción de la autoría de Emiro Zuleta a la cual corresponde el aparte transcrito describiendo algo que es evidente, no hay días que se terminen más temprano que los de diciembre, la Navidad cada vez la sentimos más corta, es como si se hubieran acelerado las vueltas de la bolita del mundo, antes en cambio, nos alcanzaba el tiempo para todo, en estos tiempos parece de prisa y ansioso por llevarnos al verano inclemente de enero con sus madrugadas heladas.

En estos días, ante las tensiones sociales públicamente conocidas, es un bálsamo de tranquilidad para el alma recordar las vivencias y anécdotas de las cuales fuimos testigos o protagonistas, igual constituye una contribución para el alivio mental de tanta gente que sufre, de tantos hijos y madres que extrañan los suyos, de aquella gente inocente que hoy no puede disfrutar su derecho constitucional fundamentar a la libertad, de las víctimas de la delincuencia desbocada que no le niega un tiro a nadie.

Mientras compartíamos un chorrito de sopa con unos parientes durante un acto social, vino a mi memoria cuando a mis diez años de edad el 21 de diciembre sorprendí al primo Segundo Iguarán robándose una olletica con sancocho que estaba guardada en una estufa en la casa de Elida Camargo, fue cuando para la celebración de su cumpleaños el tío Tomás llevó para su fiesta a Luis Enrique Martínez, ese sabroso robo fue ampliamente comentado en la parranda pero como el único testigo fui yo, y no podía decir nada porque también tomé, nunca supieron quién fue el ladrón, el primo con una buena presa había comprado mi silencio, y decía papá que es malo hablar con la boca llena.

También viene a mi mente que estando niño vi morir en la puerta de mi casa a un tío de mi vieja, aquello fue una tragedia para la región, el único canto que se escuchaba era el de los gallos, ahí termino la Navidad, los picós se silenciaron, los radios no se podían encender y fue uno de los motivos por los cuales abrí mis ojos viendo a mamá con luto y se cerraron los suyos sin complacer mi deseo de verla con un vestido de color distinto del negro y del gris, en aquellos tiempos la muerte de un ser humano tenía unas connotaciones de tristeza colectiva, todos los pueblos asumían con rigor el velorio, el luto y la consideración.

En nuestros pueblos ha cambiado hasta la forma como se asume la muerte de la gente, ahora el muerto es de su dueño, ya nadie fuma con la candela para adentro, no hay quien prenda el tabaco con el tizón, los viejos que nos echaban los cuentos en las primeras noches en las puertas de las casas se fueron, nadie engorda el puerco en el patio para sacrificarlo en Noche Buena porque se lo roban, los pelaos ya no piden carritos ni escopeticas, ni balones al niño Dios, solo piden teléfonos y juegos electrónicos de alta gama.

No han experimentado los muchachos de ahora la alegría que sentía la gente de mi generación, cuando salíamos a los montes de Monguí para escoger el palito vertical y espinoso para hacer el arbolito que habríamos de clavar en una lata de galletas Noel, competíamos para ver quien encontraba el más grande, el más derechito, el que tuviera las varitas más largas, el más bonito, no se han deleitado como lo hicimos nosotros ayudando a preparar el engrudo con almidón para forrar con algodón cada palito antes de guindarle las bolas de murano, alrededor del tema se unían las familias en nuestros pueblos, todo mundo metía la mano, ahora los chinos con tantos inventos han propiciado que a nuestros pelaos se les quede el cerebro chiquito por falta de uso, todo viene inventado, nadie inventa nada, a los niños todo se les hace y de todo se les da, causándoles un perjuicio de inescrutables consecuencias, igual así ayudamos a matar el espíritu de la Navidad.

¡Gracias a Dios que tantos recuerdos hermosos impiden que uno se contagie de la indiferencia y la insolidaridad rampante en las navidades de ahora!