Diciembre

Pa’ mi diciembre es mi pueblo con las casitas de los barrios iluminadas y las matronas en las terrazas, meciendo sus recuerdos sobre poltronas de mimbre, despeinando sus hilos de plata con las brisas decembrinas que trae el nordeste y que transportan las notas de los villancicos alegres “tutaineros” y “antonpiruleros”.

Me huele a novena de barrio y pelaitos con panderetas, así sean hechas con checas pangá de gaseosas, que se desgargantan para que sus cantos se sientan en todo el vecindario y sofoque el escándalo del pasacinta del vecino amanecido que aún la tiene viva y que nadie se atreve a acostar.

Apenas llega diciembre, los ojos nos brillan diferentes y el alma conecta mejor con el prójimo: las propinas son más generosas y los regalos y aguinaldos te hacen sentir un Papá Noel cada vez que te metes la mano al dril y ayudas a alguien.

Que bonito es dar y que bien se siente…

Llegar al mercado viejo y cargar el carro con muñecas, chocoritos, balones y carritos y refundirte en las invasiones hechas de cambuches a repartir esperanza donde reina la desesperación; dibujando sonrisas, a veces desdentadas y mocosas, en esos pelaitos que con los pies descalzos, esperan un regalo que les cambie el día y sentirse ellos también en navidad: esto es amar.

Visitar esa tía anciana y enferma que tenías olvidada y llevarle uvas y manzanas, ayudar al padre de la parroquia con sus causas solidarias para los viejitos del barrio, darle la pinta del 24 a los hijos de la empleada, regalarle un pan al inmigrante, comprarle todas las frunas a la pipona del semáforo, no pedirle rebaja a la mache y hasta dejarle los vueltos, hacer un ollón de agua e’ panela y con el sol inclemente del mediodía, repartirlo en la puerta de tu casa, a los que botan la basura en los burritos sabaneros, a los pregoneros que venden frutas y verduras, a los pedigüeños, a las marchantas y a todo aquel que pase: “Y el que quiera repetir, que repita”.

En diciembre se puede ver en mi terruño amado al Niño Dios caminando por los lados de La Marina… y hasta juraría que toca un acordeón.

Bendito diciembre de mañanitas de caminatas hasta el muelle y arepuelas con jugo de naranja de la esquina de El Guapo, con el corazón bonito embellecido con cada gesto generoso y la alegría de estar con lo que te es más preciado: la familia.

Es un año anómalo y es navidad, no vaya y sea la pandemia lo que te impida hacer esos bonitos gestos generosos, sea ella más bien el motivo para que, con alcohol y tapabocas, agradezcas no estar en la enorme lista de los que se fueron y hacer más llevadero para los que aún estamos y no sabemos hasta cuándo, porque nada es cierto y estamos de paso, en el tiempo perfecto que solo El Hacedor conoce.

Aquí no estamos para bailar al son que nos toquen, el ritmo lo marcas tú, con tus actos y tus hechos.

Métele turbo a la vida, acelera hasta el fondo y sin miedo, que el solo estar montado en este bus llamado tierra, es todo un privilegio y por ahora hay tanto que hacer y que aprender y yo no me quiero bajar… Arranque, primo y chancletéelo!

Que tengan ustedes un riohacherísimo día: alegre y cálido.