El acordeón ya es asmático que no le dé coronavirus

Por Juan Antonio Barrero Berardinelli

Durante los casi cinco años que llovió en Macondo “Aureliano Segundo volvió a tocar el acordeón asmático”. A partir de esta expresión, Gabo definió la verdadera sonoridad de este instrumento mágico que es el mayor símbolo de existencia y resiliencia del pueblo guajiro y vallenato.

Acabo de llegar a mi hogar en Valledupar, huyendo de las grandes capitales tristemente azotadas por la pandemia igualitaria. Cada rincón de esta ciudad del gran Cacique de los Chimilas respira los cuatro aires purificados por los robustos mangíferos que dan sombra y extienden sus ramas hasta las rotondas adornadas por esculturas reveladoras de cada episodio de nuestra prominente vida cultural.

Pero el sonido natural de la ciudad, orquestado por las interminables parrandas en las puertas de las casas, ya no se siente porque la pandemia, no sólo está enfermando a las personas, sino que, además, silenció la alegría. Encerrarse en Bogotá es parte de la lógica de la vida citadina cotidiana, pero en el Caribe es contra natura.

El paso de la pandemia es demoledor en términos de salud, de lo económico y lo social, y sus efectos son aún más perversos en el Caribe que, como toda región del país, ha sido intencionalmente preparada durante los últimos 134 años, a través del más agudo, parasitario y recalcitrante centralismo político, para que cuando esto ocurriera todo fuera peor.

Aunque ningún ordenamiento en el mundo estaba preparado para algo como esto, la autonomía regional en Italia permitió que, al margen de las decisiones que se adoptaran en Roma, cada territorio respondiera al desafío de la pandemia. En particular, la capacidad de reacción de la Lombardía demuestra las bondades del autogobierno. Lo mismo ocurrió ante la crisis en el modelo autonómico español. Ni hablar de la función protagónica que han desempeñado los landers en el federalismo alemán en relación con la contención a la propagación del virus. Y poco han importado las absurdas decisiones ejecutivas de Trump, gracias a que los estados de la unión, producto del selfgoverment que les proporciona la cláusula residual de competencias, han implementado sus propias políticas públicas. Esto se evidencia con suma notoriedad en el Estado de California.

La pandemia es un asunto tan comunitario, tan local, circunscrito a lugares específicos, incluso a la vida del vecindario o del barrio, que pone a prueba, antes que a las naciones, a las entidades territoriales, y si estas no tienen los atributos para reaccionar, la consecuencia es la que ya conocemos: América Latina es el epicentro de la pandemia.

Es un razonamiento simple, la autonomía de las partes del territorio previene del error que pueda adoptar de manera concentrada un solo gobernante. En el caso colombiano, cabe preguntarse, si la alcaldesa de la poderosa Bogotá ha tenido que ceder ante las decisiones del Gobierno central, ¿qué queda entonces para las regiones? La respuesta es lo anímico. Que el piano de los pobres siga siendo asmático está bien porque así suenan sus notas cromáticas, pero no dejemos que le dé coronavirus y pongámosle el tapabocas de la disciplina colectiva, porque, como dijo uno de nuestros más insignes juglares en una célebre canción vallenata, aquí “no hay colegio pa’ el estudio, ni hospital pa’ los enfermos, todavía andamos en burro y en cayuquitos de remos”. En términos estrictamente médicos, la comorbilidad de la miseria planificada a partir del centralismo implica que el Caribe es un paciente de alto riesgo frente a la pandemia. Digo, entonces, pues para concluir el asunto en un sentido más lírico que:

En aire de paseo se siente la respiración del rey de los pobres y pobres somos muchos, su majestad el acordeón y a pesar de su estirpe real sin Durán no tiene alma ni evoca la nostalgia del son universal con que Dios creó el hambre visceral y los dolores de este mundo, aun en la tiranía del hambre de los gobiernos lejanos de fiambre en tiempo de puya escucho el lamento asmático del piano del pobre y pobres somos muchos, replicando en su fuelle de cobre, este pedazo de acordeón donde tengo el alma mía ahí está mi corazón y lo que nos queda de alegría.