El ascenso de los nadies

La esclavización de los nativos amerindios y posteriormente la traída de los africanos al Nuevo Mundo en esa misma condición por los europeos generó una estratificación económica y social coincidente con la racial. La población africana y la nativa ocuparon los grados inferiores de la jerarquía social; son esas capas sociales más de cinco siglos después, las que constituyen a los nadies. Colombia sigue pareciéndose a esa pirámide y el Estado por dónde se le mire, es centralista, racista y clasista. Chocó y La Guajira, predominantemente afro e indígena respectivamente, son muestras de esa exclusión.

En estas regiones, aunque poseen grandes riquezas y ventajas comparativas, sus gentes son paupérrimas en una Colombia cada día más excluyente. Cuando se decreta la abolición de la esclavitud hace 170 años, el Estado toma la más inequitativa de las decisiones: pagó una indemnización a los esclavistas y los marginados conglomerados afros esclavizados quedaron en la extrema pobreza. Igual suerte corrieron los pueblos indígenas campesinos. Esa brecha que se agranda toca a 22 millones de colombianos en condición de pobreza que subsisten con menos de $331.688 y 7,47 millones con menos de $145.004mensuales. Allí reside la hambruna de hoy.

Los afrodescendientes e indígenas concentrados en algunas regiones han luchado por espacios en la sociedad y cada vez les cuesta más alcanzar sus derechos como seres humanos. De esa forma, el lugar donde nazcas determina tu futuro y nivel de vida. Verbigracia, si naces en el territorio ancestral wayuu o en el Alto Baudó (Chocó) es como ganarte la lotería, pero al revés, no como mayor invertido, sino que aterrizas en la pobreza multidimensional y es muy probable que te mueras de hambre; son “los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies no hablan idiomas sino dialectos, no hacen arte sino artesanía, no practican cultura, sino folklore” en palabras de Eduardo Galeano.

Colombia sigue pareciéndose a la estructura esclavista colonial, gobernada por unas pocas familias; incluso, hijos pequeños de presidentes criados en Palacio fueron después presidentes. Élites que han mantenido el hambre, el analfabetismo y la miseria en grandes sectores de la población, mientras ellos llenos de privilegios disfrutan del poder. El país es uno de los más excluyentes del mundo.

El poder de la élite colombiana, la burguesa industrial financiera y la terrateniente tradicional, es tanto político como económico y social. La mayoría de la población campesina; indígenas, negros y mestizos, representa a los nadies en la extrema pobreza.

Es vergonzante ver y escuchar cómo brota y se cohonesta con el racismo estructural ante el ascenso o protesta de esos sectores. Se justifica que un neonazi dispare a una minga indígena frente a policías uniformados, con el argumento que “ellos” deben permanecer en sus territorios y más recientemente la andanada de falsedades porque una mujer negra, digna representante de los nadies, es fórmula vicepresidencial con amplias posibilidades de triunfo. Hasta la gran prensa ha hecho eco de esa ignominia. Han aflorado esos estereotipos, estigmas e imaginarios con respecto a miembros de esas colectividades racializadas, subordinadas, excluidas y menospreciadas.

La presencia política emergente de Francia Márquez con un discurso conmovedor en defensa de los nadies, por un lado, genera escozor en los círculos privilegiados racistas que la calumnian de ser miembro del ELN; pero por el otro, ha despertado una gran solidaridad a nivel mundial y local. Colombia apenas se entera de su trayectoria como humanista, defensora de los derechos humanos y naturales y de estar en el número 58 en el listado de las cien mujeres más influyentes del mundo.

Sus declaraciones son un salto cualitativo de las expresiones populares de las bases sociales que participaron en el estallido social de los años recientes. Hoy ella es el centro del debate nacional y su narrativa está superando la polarización, mutando en contra del neoliberalismo y de los falsos liberales.