El dolor colectivo

Por María Isabel Cabarcas Aguilar

“Esa, esa, esa!”… Se escuchó decir desde el chinchorro donde plácidamente permanecía imperturbable mi tía Lourdes, mientras Gera, Andrea, Edgardito y yo escuchábamos clásicos de la música vallenata. Se refería a que dejáramos la canción que acababa de pasar el DJ designado aquella tarde, pues nos dábamos a la tarea de elegir únicamente las piezas musicales que nos gustaban a todos. En el patio de la casa del señor Lácides y de su amada Lourdes, todos los amigos de Gerardo compartimos momentos maravillosos, por aquellos años de creación de la Fundación Jóvenes Profesionales cuyas reuniones de Junta Directiva y de Asamblea General hallaron allí el mejor escenario al tiempo que también se convirtió en el más cálido lugar para disfrutar de nuestra amistad y de todas las celebraciones posibles, pues cualquier excusa era suficiente para vernos sin falta con regular periodicidad.

Ese recuerdo llegó a mi mente y a mi corazón hace pocos días al conocer la dolorosa noticia que invadió de tristeza a la familia Toro Aguilar y a toda la sociedad riohachera, quienes disfrutaron de la presencia de una destacada mujer amante de la cultura, de la música, del bolero, la poesía y la literatura. Al señor Lácides, a sus hijos, mis primos Laura, Lourdes Patricia, Jorge, Lacidito, Sara y Gerardo, quienes los conocemos y apreciamos, los rodeamos con oraciones clamando al Señor, consuelo y fortaleza a sus corazones rotos. 

Estos largos meses y días, han estado marcados por noticias nefastas que nos han anunciado con dolor, la insoportable ausencia física de un ser querido en algún núcleo familiar cercano o desconocido. En sociedades pequeñas y entrañablemente solidarias como la nuestra en la que de manera directa o indirecta todos estamos relacionados, e inexorablemente unidos por fuertes lazos afectivos que nos hacen sentir esa sensación de dolor colectivo, porque justamente así se siente cuando lo que le sucede a uno nos afecta a todos y lo que le produce tristeza a una familia nos genera también no solo tristeza si no un sentimiento de profunda desolación, compasión y consideración.

En el año 2017 la Universidad de Twende en los Países Bajos, realizó un estudio que analizó las características del trauma colectivo. Entre las consecuencias de este, se hallaron sensaciones generalizadas que evidenciaban desmotivación, indefensión, agotamiento físico, trastornos alimenticios y de sueño, dolor de cabeza, cambios en el humor, desánimo, visión negativa del futuro y consecuencialmente una crisis existencial en la que los seres humanos irremediablemente comenzamos a poner en duda todo lo que dábamos por sentado.

Es muy probable que, en muchos lugares del mundo, a propósito de la crisis mundial que como humanidad vivimos debido a la pandemia, se estén experimentando estos síntomas no solo individual y familiarmente, si no, socialmente. En el caso de Riohacha, lentamente los números comenzaron a dejar de serlo para convertirse en los papás, hermanos, tíos y sobrinos, primos y amigos de algún amigo o conocido, o en algún miembro de nuestra propia familia sin importar su edad, género o condición previa de salud.

Aceptar que no es posible visitar, abrazar o tomar la mano de ese doliente para darle consuelo, agrava aún más el desasosiego por la pérdida ajena. Estas nuevas barreras sociales difíciles de aceptar pero necesarias, nos llevan a acatar responsable y disciplinadamente nuevos comportamientos comunitarios y a tomar otras vías para hacerle llegar nuestro sincero sentimiento de solidaridad por la familia afectada.

Nos duele a todos la partida de todos los fallecidos; de quienes se han ido por causas ajenas a la pandemia y de todos aquellos que han caído víctimas de ese implacable, invisible y silencioso virus que ataca indiscriminadamente a los seres humanos y frente al cual todos somos vulnerables. Es tiempo de seguirnos cuidando, de ser obedientes y dar ejemplo como ciudadanos, pero sobre todo, como seres humanos capaces de aceptar las circunstancias actuales por difíciles que estas sean, con la esperanza inquebrantable en que todo pasará y en que a pesar de las imborrables huellas que este año y que los tristes acontecimientos están dejando de nuestras vidas, nos aferramos con valentía a la enorme capacidad de resiliencia de la que somos poseedores para seguir adelante  con fe, en este presente que vivimos.