El piropo no es un favor: calladitos sí se ven más bonitos

Esta columna que escribo en el mes de marzo y en el marco de las conmemoraciones que se realizan a lo largo y ancho del mundo por el gran significado histórico del 8 de marzo, tiene un motivo especial y corresponde a continuar realizando pedagogía con perspectiva de género, dado que los imaginarios sociales que arraigan la violencia contra las mujeres no se pueden seguir naturalizando.

Mientras pensaba en hacer una columna sobre el 8 de marzo, me encontré con una titulada ‘En defesan del piropo’ y escrita por el profesor Abel, debo comenzar diciendo que esta vez me acerco a sus letras desde el disenso y una visión argumentativa; representa esto escribir desde la orilla de ser mujer y ser investigadora de temas de género. Tomo como punto de partida, decirle al profe que no agradezco su defensa vestida de caballerosidad heteronormativa del piropo, como un arraigo cultural y un favor que hacen los hombres a la autoestima de las mujeres. En ese sentido, profesor Abel le tendría que afirmar que “calladitos se ven más bonitos”

Apartes de la columna:

“Con abismal asombro, me enteré hace poco de una campaña agenciada desde oficinas estatales en Costa Rica y con acentuada divulgación mediática. El lema de la campaña es ‘El mejor piropo es el que no se dice’. Una evidente mordaza a la expresión que, como el piropo, está arraigada en la cultura del hombre latino… Este es apenas una de las campañas que, a gritos, piden algunas bien intencionadas organizaciones feministas”. So riesgo que se me acuse de machista, me pongo del lado de quienes defienden el tan estigmatizado piropo… El piropo es un patrimonio en riesgo con urgencia de salvaguarda de las leyes”.

Profesor Abel, no debe irse tan lejos, esas campañas son lideradas también en el caribe donde usted vive, porque no es una moda, sino un tema de derechos que no se debe arrullar en estereotipos culturales que arraigan el dominio de unos sobre otros.

Muchos de los violadores comenzaron por un piropo y al considerar que la mujer era feliz ante tal situación, avanzaron en su cacería machista y abusiva.

El problema no es si usted es considerado machista, de hecho yo no siento miedo de llamarme feminista aunque tergiversen el concepto, el asunto acá es que considera pertinente dar catedra de la diferencia entre un piropo (educado) y aquel que violenta, como generando un mandato patriarcal en el que las mujeres estuvieran equivocadas y exagerando ante el asunto; acá no se trata de limitar libertades sino de respetar el cuerpo y la intimidad de los demás; su argumento se lee agresivo aunque intente ponerle poética, no se recibe así; lo que hay que salvaguardar es la posibilidad de que las mujeres transitemos por las calles sin temores, pues tenemos derecho a ello.

Los cambios de paradigmas cuestan y por ello, llamar cumplido al piropo es llevarlo a la categoría de favor que se le hace a las mujeres, ellas según su argumento se visten o maquillan para que un hombre les reconozca tal dedicación estética, como si el único indicador de simpatía fuera el que un hombre le otorgara; claro comprendo su afirmación lejos de aceptarla, porque he visto hombres descuidados en su apariencia burlándose con sonora carcajada de un “bagre” que ellos determinan como fea, porque el machismo ha establecido que el cuerpo de las mujeres es propiedad de los hombres y que tienen desde antes de nacer, licencia para denigrar de las mujeres sino cumplen con su indicador de belleza.

Usted dice que hay mujeres que se frustran cuando no reciben piropos, yo en cambio he conocido a mujeres que cambian las rutas para evitar el malestar de los acosos callejeros y que además experimentan inseguridad de salir solas, así que por favor no hable en nombre de todas las mujeres diciendo que las feministas queremos hacerlas despertar satanizando el piropo, en realidad no es tan trivial como usted lo plantea. Hombres, piropos y cuerpos femeninos

El cuerpo de la mujer está sujeto a acciones que lo violentan, que van desde los acosos callejeros hasta las masturbaciones que ejercen sobre sus cuerpos en los sitios públicos. Esto implica una percepción del cuerpo de las mujeres como generador erótico vulnerable a violencias, como ejemplo de ello se escucha en imaginarios sociales frases como «la violaron por mostrona». Quien viola no viola por ser provocado, viola porque es violador, y no hay que esperar que la víctima sea una hija, sobrina o amiga para ser sensibles a este fenómeno, es un asunto de consciencia social y entender que las violencias basadas en género son una pandemia que puede afectar a cualquier persona.

El fenómeno del acoso callejero, se naturaliza como cortejo, pero corresponde a una violencia sexual que altera la seguridad de las mujeres. De esta manera, el acoso callejero es una práctica masculina arraigada que informa sobre la percepción que tienen sobre los cuerpos femeninos y su derecho a erotizarlos desde imaginarios sociales que exigen dominio del «macho» sobre las mujeres («hembras»).

Conclusión con sentido reivindicador

Al final de cuentas para seguir ejerciendo practicas machistas naturalizadas, calladitos sí que se ven más bonitos. El piropo no es un chiste, ni menos un patrimonio cultural que merezca salvaguarda, es violencia y aunque pretendamos “suavizarla” no cambiará sus efectos.