El racismo de la oligarquía peruana

Por Jaime Darío Espeleta Herrera

En la época de la colonia era tradición celebrar los onomásticos el Día de los Santos con el nombre con el cual fue bautizado, si mi nombre era José, el día de San José celebraban el cumpleaños todos los que tenían ese nombre. En mi caso hubiera sido sumamente preocupante no haber podido celebrar en esa época, por ejemplo: hasta ahora no conozco el día San Jaime Darío o los sin tocayos de la época actual.

Pero volvamos a la anécdota. Corría el mes de octubre de 1825 el libertador como siempre, acechando a las hembras hermosas de los pueblos a los que llegaba, se enamoró de Joaquina Acosta, quien residía en la Villa Real del Potosí, para poder justificar su estadía por más días en dicha población y conseguir su escarceo amoroso, firmó un decreto, manifestando: “Prolongo mi estadía en Potosí hasta el próximo 28 para celebrar aquí el día de mi santo”.

La Villa entró en un estado de jolgorio colectivo para honrar su presencia. Se organizaron serenatas, liturgias, fuegos artificiales, fiestas populares y todo tipo de celebraciones durante varios días. En la noche del 28, los funcionarios de la Casa de la Moneda ofrecieron un gran convite en los salones más elegantes del edificio. Simón Bolívar fue vestido con un traje de fiesta acorde a la época, sin patillas y bigote, cosa exótica en su comportamiento. Iniciado el baile Bolívar, como buen observador, se dio cuenta que las aristócratas no querían bailar con el General José Laurencio Silva, por ser este de origen afro y piel negra.

La aristocracia peruana era excluyente y discriminatoria, bailar con un negro las damas de la sociedad peruana hubiera sido un escándalo de grandes proporciones en esa época.
Bolívar como buen estratega, mandó a detener la música.

“Que deje de sonar la orquesta ordena el General”.

Caminando lentamente al centro de la sala, ante las murmuraciones de los invitados, haciendo una reverencia, dice en voz altisonante: “Señor José Laurencio Silva… Ilustre prócer de la independencia Americana, Héroe de Junín y Ayacucho, a quien Bolivia debe inmenso amor, Colombia admiración, Perú gratitud eterna, saben que el Libertador quiere honrarse en bailar ese vals con tan distinguido personaje”.

Se giró mirando la orquesta y dijo: “Tocad un vals” y caminando a donde el asombrado el general José Laurencio Silva lo reverenció, ¿me concede el honor General?
Acto seguido lo tomó por un brazo, lo llevó al centro de la sala y comenzaron a bailar, ante las murmuraciones, ambos los antecedía la fama de ser muy buenos bailadores, los aplausos no tardaron en aparecer. Posterior a este simpático acto todas las damas se decidieron a bailar con el General José Laurencio Silva.

Fue tan inmensa la amistad que unió a estos dos personajes y la lealtad que se profesaron que al momento de la partida del Libertador, el General Silva estuvo a su lado en Santa Marta, tan es así que corrió a buscar la mejor de sus camisas de seda y se la colocó a su gran amigo el Libertador Simón Bolívar, al notar que iba a ser enterrado con una camisa desgastada y rota.