El rostro de la ignominia

Los acontecimientos del seis de enero de 2021 de la toma violenta por parte de los supremacistas al Capitolio en Washington, cuna del oprobio de los pueblos del mundo, inaugura una década llena de dificultades para el imperialismo norteamericano. La prensa burguesa: cínica, mendaz, aparentadora y genuflexa al capitalismo saltó a repudiar y condenar con vehemencia perversa lo que denominó “ataque a la democracia” imputando a un delicaído presidente la autoría de tan deleznables hechos por manchar y atentar lo que la prensa califica como el “centro inmaculado y púrpuro de la democracia mundial”. Esta misma prensa adocenada festejó con inusitado ardor el golpe de estado en Bolivia, el 10 noviembre de 2019, ocultó la sevicia de los crímenes de los golpistas, y bien sabía que tenía los mismos autores, es decir: la Casa Blanca.

Indudablemente que los hechos son aleccionadores, los analistas socialdemócratas evidencian la vulnerabilidad del imperialismo en su mismo campo, pero no se trató de ninguna vulnerabilidad, lo que se manifestó es el papel que juegan las fuerzas represivas del imperio al servicio del capital, la policía con los brazos desguarnecidos parecían juguetes inermes ante la turba encolerizada y alebrestada de los fascistas. Todo fríamente calculado.

A mi manera de ver, lo significativo de estos acontecimientos, es que nos demuestra palpablemente la inconsistencia de un modelo electoral exclusivista, confeccionado estrictamente a los requerimientos de la oligarquía imperialista norteamericana, un sistema totalmente fraudulento y antidemocrático que hace agua ante las evidentes contradicciones que surgen en el seno de esa misma oligarquía. Ante la crisis del capital, la debacle y caída en barrena del imperialismo, entran en pugna sectores de la economía imperialista; no era oculta la animadversión de Soros, –el mayor concentrador de capital inversionista en el mundo– contra Trump. Y fíjese, Trump es agreste, pero Biden y Trump coinciden en los métodos de agresión a los pueblos. Entre la tolda azul de los demócratas, Biden representa el a la beligerante, su Think Tank, una especie de Bush. Como ellos dicen,  –los políticos norteamericanos– “estúpido, es la economía” traducida en salvaguardar los intereses de las trasnacionales; no es la democracia la que les interesa, son fascistas. Los EE.UU. no podrán ya, erigirse en el mundo como defensores de la democracia.

Pero la política de vueltas inusitadas, en América Latina, el grupo de Lima sale golpeado por la estrepitosa caída de su protector Trump, ante los ojos del mundo era descarada la fuerza que hicieron llamando a los latinos residentes en EE.UU. a votar por él. En Colombia el uribismo enmudece y da saltos, se contorsiona para acomodarse, pero su conservadurismo criminal los delata, lloran la derrota de Trump, así condenen la toma del Capitolio. La oposición venezolana sería la más averiada, con un presidente interino que pende de un hilo, figurín para el asalto a los bienes del estado venezolano. Todos perdedores, pues apostaban a la reelección de Trump.

No cifremos esperanza en ningún gobierno del norte, son emisarios del capitalismo, Biden, recompondrá sus intereses, y a los arlequines del sur los pondrán a cambiar de caretas a lo que están acostumbrados. Nuestra tarea es aniquilar el capitalismo, no hay otra salida para los pueblos. En los estertores del imperialismo, el fascismo es su carta política: la represión, creación de oscuros batallones de criminales haciendo la guerra sucia con el concurso de los organismos de seguridad del Estado. La unidad es la salida para derrotar al capitalismo, cerrarle el paso al neoliberalismo. Levantar un programa, para conquistar un gobierno que nos libere absolutamente de la dependencia del imperialismo, cualquiera que sea.