El sancocho

En una tarde melancólica de otoño, lejos de casa y al calor de una chimenea y unos cuantos vinos rojos, un foráneo pregunta con curiosidad por el significado de la palabra “sancocho”. Le responde alguien que, si bien conoce el español, tiene el alma ambientada en las montañas andinas, a 2.630 metros más cerca de las estrellas y a cientos de kilómetros del mar y de la magia del Caribe. 

Lacónicamente le da un significado que aun cuando no es errado, está a años luz de la realidad: “Un sancocho es una sopa”, le dice. Dios mío, ¡No! Reducir a 4 letras el significado de un sancocho es casi un sacrilegio. 

Un sancocho es algo mucho más que eso: es la casa de las abuelas, los domingos, llena de tíos y primos que se funden y confunden en una sola generación, cuando ya todos son adultos y que desde un patio o tal vez una terraza o cualquier aposento acogedor, cuentan y recuerdan las anécdotas vividas en familia; retrocediendo el casete de la memoria mientras todos pelan yuca, plátano y malanga; dirigidos como una orquesta sinfónica, por la batuta magistral de una abuela longeva, que espanta con cucharón de palo a los nietos y bisnietos que la revolotean en continuo retozo o consuela a los más llorones, a esos malcriados incapaces de defenderse solitos en la jungla familiar.

Es un río pedregoso que sirve de escenario a un fogón de leña donde brincan y saltan los restos de una gallina recién despescuezada, haciendo malabares con las mazorcas y los bastimentos paridos por la madre tierra, amenizado con música del Caribe, conversas y dominó.

Matronas en mantas que se actualizan con los chismes de moda o viajan al pasado para desempolvar recuerdos; muchachitos que se bañan y hasta se tiran a escondidas de sus mayores, de las alturas, poniendo a trabajar a todo vapor a un ejército de ángeles de la guarda que los cuidan y que con un revoloteo de mariposas amarillas alertan a cualquier experto nadador para que salve a aquel pelaito tremendo, que se lo está llevando la corriente, mientras su padre de espalda, sentado en un taburete de piel de chivo, ahorca de un manotón la ficha del doble seis y su madre distraída menea una olla y controla la brasa.

No existe el sancocho solitario porque su esencia es el gentío y sabe a comunidad. Se saborea en el vecindario que se reúne a pavimentar su calle con las bolsas de cemento arrancadas a las promesas exageradas de un político o a festejar el santo patrono, llenándolo de flores y velones por los ruegos escuchados. 

Es fiesta y parranda por cualquier motivo alegre; desde el nacimiento de un hijo varón o el triunfo de un campeonato de bola e’ trapo con los pelaos del barrio.

El sancocho sabe a Caribe, a sol y a mar y es el sustento con que se nutre nuestra alegría, las pilas recargadas de la cháchara amena, del galillo del cantante de la parranda, del bailador brilla hebilla, de los cuentos de la abuela y del embustero y porfiador a quien le hacemos la ronda para deleitarnos con cada una de sus macondianas ocurrencias.

Todo esto y mucho más es un sancocho y lo podríamos definir al infinito, como las arenas de las playas de nuestro Caribe alegre y tropical. Que tengan ustedes un riohacherísimo día: alegre y cálido.