El sentido común, otra víctima del embrujo autoritario

Por José Luis Arredondo

Dice una popular canción “nadie es eterno en el mundo”. A medida que se han ido develando sucesos que enturbian el entorno del expresidente se desdibuja su imagen idílica. Se reduce la feligresía. Hace unos años el 80% de la ciudadanía creía fervientemente en el prócer, hoy día esa cifra se ha reducido aproximadamente a un 25%.

Allí anida el uribismo puro y duro, más unos cuantos despistados. Ese porcentaje de uribistas purasangre que llaman algunos, ha encumbrado al ídolo a una categoría cuasi celestial y prácticamente al status de una divinidad. No es casualidad que los bastiones electorales de Uribe se ubiquen básicamente en las zonas rurales. Ese mismo expresidente que ha lanzado entre varias similares, frases como “le voy a dar en la cara marica” o “esos hijuepuetas nos están oyendo”, no es factible que posea el halo divino atribuido por sus prosélitos.

Nunca antes habíamos escuchado a un expresidente referirse en términos tan inusuales a la investidura. El uribismo en su omnipotencia ha tenido la osadía de enfrentarse a la opinión de todos los sectores distintos al propio, a la comunidad internacional, a los países garantes del proceso de paz, en fin a todo lo que no esté acorde con su estrategia de guerra arrasada, escondida eufemísticamente en la fábula de mejorar el Acuerdo de Paz del muy odiado por ellos, Juan Manuel Santos.

En el contexto de esa delirante postura y aupado por la intención permanente de satanizar al proceso de paz, y con propósitos inconfesables por parte del exmandatario y por supuesto contando con el embate de todas las huestes de la derecha, Duque dilapidó esfuerzos y energías dignas de objetivos altruistas en temas sociales, económicos e institucionales. Se tiró más de un año en una causa además de perdida, incomprensible.

Confrontó en esa inocua tarea a la ONU. Pudo haberse enfocado al fortalecimiento y mejoramiento del proceso de paz, pero su mentor está empecinado en sabotear al proceso de paz, “volver trizas los acuerdos” y dentro de esos designios sospechosos figura derogar, eliminar a la JEP, se le ha vuelto una obsesión. Incluso antes de su diseño. La cuestiona porque sí y la cuestiona porque no. Ello como toda idea y cualquier ocurrencia del Líder Supremo, es un dogma, es la palabra sagrada. Sus militantes creen a pie juntillas lo pontificado por él.

Desafortunada e incomprensiblemente el Centro Democrático se alimenta de un fenómeno alienante y preocupante que es el culto a la personalidad y la consecuente creación de mitos en torno al caudillo, de ahí que, contra toda evidencia y a pesar de la abrumadora realidad que lo desmitifican, sus adoradores desde el más humilde hasta el más encumbrado –Duque– repiten y ponderan unánimemente al sucesor de Dios en la tierra.