El teatro del absurdo en La Guajira

Por José Luis Arredondo Mejía

El teatro del absurdo apelativo dado por un grupo de dramaturgos estadounidenses y europeos durante las décadas trascurridas entre 1940, 1950 y 1960, para reflejar la carencia de sustancia de las obras del periodo, y en las que los diálogos repetitivos, y ausencia de secuencia terminan generando una atmósfera Onírica, es el símil que uso para describir lo que está ocurriendo con la solución al problema del agua en La Guajira. Pero, aquí más allá de una atmósfera Onírica se está creando un ambiente semejante a una pesadilla. Estamos careciendo de sustancia porque no hemos dimensionado lo fundamental y determinante del asunto. Aludo a la repetitividad porque acudimos a lugares comunes y la ausencia de secuencia es justamente porque el tema se asume y se abandona, y vuelve y se retoma con bastante asiduidad. La apatía y la insuficiente información son determinantes en la desidia generalizada.

En un exquisito y valioso texto denominado Historia del Agua, publicado dentro de la Colección Guajira 50 años, cuyas estupendas fotografías estuvieron a cargo de Carlo Egurrola y el magistral texto en la sabia péñola de Weildler Guerra, nos ilustramos con extraordinarias contribuciones sobre el rol del agua en “los patrones de asentamiento de las poblaciones en el desarrollo de las diferentes culturas, la formación del estado y el surgimiento de conflictos sociales y políticos vinculados a su aprovechamiento”. Se alude allí a las peculiaridades del agua acorde con los periodos de la historia. Afirmación absolutamente oportuna en la coyuntura actual de La Guajira. El agua es cada vez más un recurso fundamental, estratégico.

El río Ranchería ha sobrellevado amenazas tanto en su origen, en su fuente natural, como a lo largo de su recorrido de 248 kilómetros hasta desembocar en el mar. La extracción de carbón es tal vez la mayor, pero la construcción de la Represa del Cercado –tal como permanece hoy– y el usufructo de esta con fines de explotación arrocera y ganadera, no se quedan a la zaga. Es inaudito y paradójico que en una región con escasos recursos hídricos se sustraiga y se use agua del Ranchería con fines de irrigación arrocera. Este afluente pierde “en su curso gran parte del caudal debido a las infiltraciones en el lecho a causa de la porosidad de los suelos, a la alta evaporación por las condiciones de aridez regional y a las múltiples derivaciones de agua a través de canales y acequias para su uso humano y actividades agropecuarios”. Es un afluente vulnerable y delicado. Con esos usos y prácticas lo están drenando día a día.

Hay evidencias antiquísimas de la primera batalla por la posesión del recurso hídrico en el 2.500 A.C en la antigua Mesopotamia, cuando el rey de Lagas construyó canales para desviar el río.

Pero en las eras prehistóricas la guerra por la posesión y usufructo de la fórmula para la obtención del fuego en las comunidades primitivas era lo usual. Se entablaban feroces y mortales luchas por la disputa de la formula –mágica en aquel entonces– para producir fuego. Obviamente ello quedó en las etapas tempranas de la humanidad. El mundo contemporáneo y su futuro están fuertemente signados por la evolución de los acontecimientos hidráulicos y es potencialmente inminente una guerra por el agua.

El agua desplazó al petróleo como recurso que podría desencadenar la Tercera Guerra Mundial y apunta a convertirse en el foco de mayor conflictividad geopolítica en el mundo. El crecimiento acelerado de su consumo es una de las razones. Por otro lado, se considera que la fuente de agua no debería estar a más de 1.000 metros del hogar, pero en algunos lugares del planeta millones de personas deben recorrer diariamente hasta 6 horas para recoger agua de uso doméstico. Según el Pnud, el coste del agua que debería ser un bien público, no debería superar el 3% de los ingresos de la unidad familiar, pero los países pobres pagan hasta 50 veces por un litro de agua que sus vecinos más ricos, debido a que tienen que comprar agua a operadores privados. Las dos circunstancias aludidas atrás describen un cuadro habitual en varias zonas del departamento de La Guajira. Sobre todo, en la Alta Guajira.

El Estado colombiano mediante decisiones erráticas, políticas decepcionantes y proyectos fracasados, además del desconocimiento y subordinación de las comunidades ancestrales y de la insurgencia de serios conflictos inter e intraétnicos y sociales estimula sin proponérselo, futuros conflictos por el agua, de insospechadas consecuencias en el contexto departamental.