El triste ocaso de las instituciones

En Derecho se habla de dos clases de personas: una es la persona humana real y concreta, la otra es la convencionalmente denominada “persona moral o jurídica”. La persona humana es el varón-mujer concretos sujetos de derechos y obligaciones, reconocidos así legalmente y amparados por las leyes de la mayoría de países.

Sobre la persona humana reposa la responsabilidad personal, la familiar, la social, pues derechos y obligaciones dan lugar al ejercicio de la responsabilidad. Es decir, cada persona protege su ser individual y su privacidad; defiende la sacralidad de la familia y cada persona promueve el desarrollo de la colectividad humana, a través de los responsables de la ciudadanía, elegidos a través del voto democrático.

La persona “moral o jurídica” es aquella que por efecto del amparo y gobernabilidad de la sociedad, son los encargados de proteger, fortalecer y desarrollar el derecho de la colectividad a subsistir, progresar y ser defendida del atropello tanto de personas humanas como jurídicas.

La persona jurídica es la que hace posible la creación y aparición de las llamadas “instituciones”, es una figura del Derecho que da consistencia a estructuras que crean cauces para proteger características de grupos humanos, que se congregan para beneficios colectivos y o comunitarios.

Así como la persona humana concreta es inviolable y el Derecho la protege con toda prodigalidad en sus leyes, del mismo modo la “persona jurídica” es protegida y se la considera jurídicamente inviolable y tiene rango idéntico al de la persona concreta. Contemplando el desarrollo y cambiante devenir humano, podemos vislumbrar el proceso por el que la persona humana llegó al apogeo de su espectacularidad con deficiencia para la comprensión, valoración y utilización de la “persona jurídica”, es lo que llamo “el triste ocaso de las instituciones”.

Desde el despertar del conocimiento y de la paulatina formación del Derecho, el ser humano desde sus comienzos hasta prácticamente la conclusión de la segunda guerra mundial, el individuo, la persona no era desconocida, pero estaba subyugada por el poder de la institución, llámese Estado, iglesia, religión, conglomerados. Eran ciertamente personas las que dirigían las instituciones, pero esas personas gobernantes o gestoras identificaban en sí la institución. El Rey era el mismo el Estado, el reino. El Papa no solo era el Papa, él configuraba a quien, representaba a la iglesia. Las personas concretas obedeciendo, protegiendo defendiendo al Rey, al Papa o al gestor de X institución, lo hacían orgullosamente con la conciencia de que estaban obedeciendo, protegiendo, defendiendo a la Institución a la que se sentía viva y profundamente ligado. O sea, las personas gobernantes o gestoras se identificaban existencialmente con la institución que presidían. Las personas concretas tenían la conciencia de que el poder o deficiencia del gestor, era el poder o la deficiencia de toda la colectividad. El éxito o el fracaso del gestor era el éxito o el fracaso de todos los que conformaban la institución.

Nuestra contemporaneidad ha convertido a la persona concreta en líderes autónomos con desmedro del valor, estabilidad y efectividad de las instituciones. Los seres humanos ya no tienen en cuenta a las instituciones, estas han pasado a un segundo y lamentable plano. Hoy las instituciones carecen de fuerza para mover a las personas concretas, han perdido la posibilidad de entusiasmar, de congregar, de trabajar en equipo. Hoy el presidente o el Papa o el gestor de una institución, ya no es genuino representante de la institución, son consideradas personas con gran poder para hacer o deshacer. Se defiende o se proscribe a la persona que ostenta el cargo sin tener en cuenta las consecuencias que ello conlleva para la supervivencia de la Institución, de ahí que, al honorificar a una autoridad, se detienen en ella como persona concreta, la politizan y desplazan la honra de la institución.

Cuando se denigra o se ataca a un gestor, la reacción es contra la institución, desatando la ira contra las infraestructuras de la institución, afectando gravemente la sostenibilidad del Estado, de la iglesia, de cualquier institución.

Cuando las colectividades humanas desconocen o desplazan el valor de las instituciones, están poniendo en grave peligro la subsistencia de las mismas personas concretas. Persona humana y persona jurídica se necesitan mutuamente. Cada una de ella supone a la otra. La prosperidad de una pertenece a la otra y la vulnerabilidad de una afecta profundamente a la otra.