Emiliano Zuleta Díaz

Miércoles 28 de diciembre de 1944, en Villanueva nace el más grande acordeonero que en todos los tiempos haya logrado hacerse escuchar dentro y fuera del país para el vallenato.

Su enjundia, alegría característica, su jovialidad permanente a pesar de los años, su persistencia y capacidad, hablan de su imagen y tesón, que nos pone del artista, un envidiable catálogo de logros que perpetúan como su misma historia en el nombre de esta macondiana provincia de padilla.

Emilianito, músico ancestral y artesanal de poesías sagradas, velo único extendido entre el verdor del Perijá y la magia del valle de Matilde Elina, desde su pubertad, despertó su encanto musical donde correspondió y a tiempo; haciendo trinos solemnes en un acordeón heredado de la fuerza sublime de su padre, que le desestimo y le veía como desobligado reto del destino; su armadura socio-musical fue obra de su ingenio, que además le hizo un muchacho adorable, que tomó como reto el diapasón y el fuelle en lo más profundo de su ser. 

Emilianito a prueba de honor, encendió su fortuna lírica en una escuela natural, incomodo a veces, su padre jamás le dio el lugar que le pertenecía y con el tiempo, quizás esto fue lo que hizo fortalecer más su talento, talento que volvió un parnaso religioso y un impacto profundo en su ego.

Emilianito es gloria para vestir como leyenda; el incienso de su genialidad infinita es leal a su intachable impronta, que ha podido hacer sentir en todos sus versos, como bajan en torbellinos las aguas cristalinas de marquesotes y se estampan en acuarela la belleza de cualquier colina villanuevera.

De Mile se escribe, el atardecer de un canto y la expresión viva del imán que eleva su amistad sincera, el desinteresado aplomo con que ha hecho sentir su personalidad y su nota, se escribe el afecto reconocido entre nosotros como acaudalado y genuino; y se recauda la estampa del gran acordeonero que ha sido y será por siempre. 

Emiliano ganó sin descuento, el respeto que le ofrecemos en nuestra vocación de entregar cariño a lo nuestro; por desprevenido en el afecto que nos entrega, sin distinguir a quien y tiene lo que consiguió sin reparo de ostentación, con anuencia de su obra, ahí donde a nadie molesta con lo merecido.

A Emiliano le conocí en Urumita una madrugada de septiembre y supe que era él, porque allí donde tocaba, dormía la vecindad de mi casa; donde Sixta Elena la de Monchito como llamaban a una hermosa mujer que vestía de nieve las cervezas en la estación del pueblo; quien aperaba la parranda era su padre, estandarte y brillo de aquella oscura noche y el tiempo; Emilianito tendría para entonces algunos 17 años, supongo; yo, desde la envidriada tapia de mi casa avecinaba los ocho apenas, Emiliano su padre cantaba en un solo acordeón toda la noche la gota fría, Carmen Díaz etc…, yo sin poder esperar en mi almohada el silencio de la furtiva caja para dormirme, entre los vidrios y escarchas de cemento, asomé entonces de una maltrecha escalera, para descargar allí mi sueño de cantar algún día como el viejo Emiliano esa noche. 

En esa parranda departían como en casi todas las fiestas patronales del pueblo, José Bolívar Mattos, notable, rico y enamorador parrandero, Cabiche Aponte, un hijo de Blasina López y Pedro Nel Aponte, Maximiano Rumbo, acaudalado urumitero, Santander herrera, Juan Félix Daza, BeltránOrozco y Rafael Escalona entre otros, dispuesto a la amanecida por encargo del destino y la debilidad por una hembra urumitera.

Esa noche no tuve distinción por nadie, aquella era una parranda a luz de un mechón a la izquierda y otro a la derecha, que más parecía un encuentro de estrellas, por el embrujo de cigarras encendidas y algunas golondrinas que en descanso, revoloteaban de vez en cuando en el corazón fino que dejaba caer sus ramas sobre ellos, al comienzo de una y otra canción muy aplaudida.