En el olimpo de la cultura

Nuestro departamento de La Guajira, nuestra ciudad de Riohacha y en ella, su parte más sensible, los medios de comunicación, sienten el despegue de dos de sus destacadas personalidades en el ámbito de la comunicación, siendo ellos doña Dilia Rosa Gnneco de Daza y Enrique Herrera, quienes nos ofrecían una estela de profesionalidad y esta de estilo familiar, popular, como suelen ser quienes viven encarnados en su cultura, en su medio ambiente, en la fuente de toda comunicación que es la calle, donde la gente vive, siente, sufre, goza, quien no rastrea en la calle, corta el cordón umbilical de la comunicación y quienes perviven es porque jamás disolvieron su umbilicada comunicativa.

Estas dos personalidades unidas en tiempo, historia, quehacer y labor comunicativa, supieron desarrollar un servicio público necesario para la ciudadanía. Por una parte, doña Dilia, siendo precursora de la locución, desde la más sencilla procedente de un megáfono al moderno andamiaje de la técnica contemporánea. Ella supo despertar en los habitantes el gusto por la locución. Ella supo desarrollar los medios de conocimiento en el acontecer diario de la ciudad, ella supo abrir a los artistas la forma y medio de darse a conocer. Ella supo captar la necesidad popular de poseer medios de comunicación. Ella es la dama del nacimiento, desarrollo y proyección de la locución que une estrechamente al locutor y sus oyentes, un matrimonio indispensable en la comunicación y que, sin lugar a dudas, facilita la apertura de otras formas de relación humana a distancia.

El segundo personaje, de no menos talla Enrique Herrera, el ‘Palabrero de la radio’, que asumió y asimiló una de las costumbres culturales de nuestra tierra guajira, cual es el tradicional palabrero, fuente de sabiduría, de mediación, de reencuentro, de justicia y entendimiento. Su lenguaje directo, sin recovecos, llano, transparente, que manejó con destreza, de modo que no maltratara pero que si llegara a la conciencia de quienes debían escuchar su reclamo. Si bien le cuadra y más que bien el título de palabrero, no menos se le puede negar que ha sido la “conciencia” viva del pueblo con sus necesidades, muchas veces maltratada por la malicia de quienes desconocen el término servicio público, sino el de explotadores de las riquezas del patrimonio de las instituciones públicas.

Estos dos hijos, pareja entrañable, de la vida de nuestra cultura guajira y riohachera, reciben en estos días centenares de mensajes de condolencia, de sentimiento herido por su partida, de lamentable pérdida, valores ciertamente dicientes de lo que una comunidad experimenta cuando en su ser vital experimenta el cercenar  su rica sabia cultural. No obstante, la dolorosa despedida, es el momento de hacer sentir que viven en el olimpo de la cultura. Es el momento de no llorar sobre sus sagradas cenizas, sino ofrecerles el trono que se merecen para la posteridad, su herencia no puede quedarse en lamentos, sino en ideas, iniciativas que hagan sobresalir su servicio, que su nombre cubriera alguna calle o plaza o lugar de habitación ciudadana. Que de inmediato se procediera a recoger sus valiosos aportes de modo que pudiera conservarse en la biblioteca pública o en la casa de la cultura, o se pensara en un museo autóctono para la ciudad, donde no se sienta el frío de la losa sepulcral, sino la vida caliente de quienes vivieron pegados a la vida ciudadana mediante el uso sabio, oportuno de los medios de comunicación. Llegar al olimpo cultural, no es morir, es ocupar el puesto merecido, sobreviviendo de generación en generación. Es perdurar en la conciencia histórica del pueblo.