Esperanza

Ana se levantó pensando en sus sobrinas, igual que todos los día: “Cómo hacen falta mis muchachas” -pensó- y también  recordó a todos sus amigos coetáneos a quienes hace más de un año no ve ni en las curvas.

Mientras se arreglaba impecable, como siempre, repasaba mentalmente la lista de los pésames pendientes  que esta pandemia del carajo no le ha permitido cumplir y, se miró al espejo coqueta y satisfecha con la imagen bonita que ni el paso de los años le ha podido arrebatar y optimista y positiva  le sonrió a la vida, intentando agruparse a lo que hay, sin lamentos y con gratitud.

Eh aquí a una mujer optimista, ejemplo de superación y laboriosidad. ‘Chu’ escuchaba a volumen bajito una ranchera de José Alfredo Jiménez y  recordaba, con melancolía, los  partidos de dominó con el viejo combo, allá donde Julio Boa  y las idas a Portete y las parrandas en la casona de la avenida… ahora cada día es igual al anterior, y  ni siquiera podrá reírse en las mañanas con las ocurrencias de Ikechón, pero hay que seguir de pie. -sentenció en su interior-.

Pipi buscó en la gaveta de noche su rosario con olor a  palo de rosas, para  calmar su dolor con un avemaría y pedir por el descanso eterno de su recién despedido sobrino.

Néstor miraba enamorado la silueta aún esbelta de su gran amor y le preguntaba por los Guanebucanes que algunas veces pasaban tempranito y lo japeaban justo para sacarle una sonrisa.

Luz María alzó con ímpetu su bastón, para amenazar con él, al sobrino desobediente de sus caprichos e imploraba días a la vida, para poder seguir acompañando a sus ahora huérfanos, pelaos: 4 adultos que en su corazón siempre serán sus niños.

Nuestros  viejos estaban descoloridos por el encierro y consumiéndose a fuego lento en la tristeza de los amigos perdidos y de los hijos lejanos.

Pero no hay mal que dure 100 años y ni cuerpo que lo resista y, como un milagro de la Mello, en una tierra llena de problemas  históricos y eterno caos, una luz de esperanza  alumbró el camino y se anunció lo que nos parecía lejano y hasta imposible: “Hoy vacunamos a nuestros viejos”.

Que fiesta y que alegría al encontrarse y reconocerse en la fila ordenada de una dulce espera: estaban empolvados, muy tiesos y muy majos,  hermosos y perfumados y espantando con esperanza, el olor de la muerte y el olvido.

Se buscaban y rebuscaban, se mandaban razones urgentes para los que aún no llegaban y, por un momento, intentaron olvidar la soledad de los días tristes de pandemia.

La luz al final del túnel brillaba más fuerte que  nunca y los anfitriones que regalaban esperanza en forma de vacuna, así lo sentían y estaban felices de cumplir con su deber.

Nuestros viejos parecían niños en la mañana de navidad  y la vacuna era el juguete deseado que finalmente les era concedido. En nombre de ellos, nuestros mayores, muchas gracias a todos los que permitieron sembrar esperanza y cultivar sonrisas: La vida es un regalo maravilloso y el show debe continuar.