Fiesta de Cartagena

La siguiente columna es de la autoría de Cicerón Cabarcas Puello (Cartagena, 26 de abril de 1932 – Riohacha, 6 de diciembre de 1997), padre de la columnista de Diario del Norte, María Isabel Cabarcas Aguilar, la cual fue publicada en un diario cartagenero en el año de 1967.

Ya se acerca el once de noviembre. Como los claros rumores de leyendas en las geniales noches de plenilunio, así llegan hasta aquí con el murmullo de las olas del mar, ese mismo mar de mi Cartagena que en su ir y venir nos traen un sonoro cántico anunciando nuestras tradicionales fiestas.

Ha llegado el once de noviembre, fecha memoriosa para todos los espíritus cartageneros: niños, mujeres, hombres de todas las edades y sin distingo social se congregan en aquella danza que forma el regocijo general. Hay un gran movimiento. Allá van, por aquí trafican mil rostros dibujados de alegría, miles de voces ebrias de emoción y juerga exclaman: ¡Viva el once de noviembre!

Cartagena todo es alborozo, mil brazos delirantes engalanan el ambiente de aquellas horas que traen en abundancia lo que todos anhelan con la intensidad de una ambición recóndita. Carros alegóricos y camiones adornados con diferentes figuras pasan conduciendo mujeres bonitas. Los buscapié, triqui traques y bombas preñadas de ruido y alboroto súmanse a ese jolgorio general. El tamboril y la gaita elevan su quejido profano en cada rincón de La Heroica y al compás de los lamentos de aquel monólogo se congrega todo un pueblo que grita y baila al impulso del ron.

La ciudad está engalanada de manera pintoresca; por sus calles transita el bullicio estridente. La danza de ‘El Garabato’, ‘Los Negritos’, ‘El Gallinazo’; disfraces vistosos y mamelucos de diferentes formas es lo único que trafica por sus añejas callejuelas que sintieron en otra época el paso estridente de las huellas del pacificador Don Pablo Morillo y las bizarras figuras de nuestros próceres bajo las taciturnas luces de mechones ardidos en afán de libertad.

Todos invocan la fecha con ingenuidad, tal vez sin saber que festejan. ¡Qué paradojas las del mundo! Los que ríen, los que gritan, los que bailan, y los que lloran ebrios de licor, quizá no comprenden lo que para la historia significa esta memorable fecha.

Para los próceres de Cartagena, paz y para los que se divierten en este once de noviembre un verdadero goce.