Hablar, callar y silenciar

Refiriéndome a estas tres palabras, muy comunes en nuestro modus vivendi en el que nos relacionamos, comunicamos, expresamos, manifestamos, conversamos, dialogamos, platicamos y hasta discutimos entre semejantes.

Hablando nos extendemos, educamos y desarrollamos, infinitas proyecciones explotando los impulsos de la espiritualidad para materializar y ejecutar, programas y obras. Muchas veces nos cohibimos de hablar por varios factores que van desde la ignorancia, timidez y hasta por temores, justificando con adagios populares “en boca cerrada no entran moscas”, “con boca llena no se habla”.

El peor daño que se puede hacer a la humanidad es limitar, prohibir y censurar la libre expresión de las personas. Esto ocurre mucho en gobiernos dictatoriales y oligárquicos que no aceptan, no permiten, ni respetan las diferencias, objeciones, imposiciones ni mucho menos opiniones en contra de directrices y dictamen tentativo de libertad en el ejercicio de poder, mandato o gobierno.

Hablar es un derecho natural que a todos nos asiste y nadie tiene por qué reprimirlo, callarlo y silenciarlo, sujetándolo en abusos y pretensiones, colocando a las personas en estado de tensiones, opresiones y represiones originadas de las intimidaciones, amedrentamientos, humillaciones, valiéndose del miedo y las condiciones de pobreza, coacciones, ridiculeces, amenazas y un sin número de hechos y acciones desestimulantes y dolorosas.

Las redes sociales han sido por ahora un espacio bien aprovechado para hablar y escribir sin permisos ni temores, lo que ha servido a muchas personas para liberar los espíritus comprimidos y silenciados.

Callar y silenciar una democracia que traduce pueblo o a las personas en particular, constituye una agresión contra los derechos humanos por el secuestro colectivo de voluntades, amenazadas y sometidas a dominio de los verdugos, torturadores y criminales.

El silencio voluntario es una virtud que nos caracteriza.

No siempre callar y silenciar es malo cuando se escucha y reserva estratégicamente manifestaciones utilizadas en oportunidades apropiadas, de manera inteligente y prever compromisos.

Todavía observamos en discusiones de algunas personas mandando a callar a otras. Como si se tratara del dueño de la voluntad ajena. Qué decir de las organizaciones delincuenciales, donde se impone la doctrina del silencio tanto a los miembros internos como a los territorios, comunidades, sociedad o zonas, donde predomina el terror por organizaciones al margen de la ley. Lo curioso es que un grupo ínfimo, armado se impone, implementando e induciendo el miedo y la obediencia forzada, con los regímenes de terror y horror.

Hablemos para pronunciarnos, trasmitir, desahogarnos, recitar, comentar, discursear, afirmar, disertar, disentir, cantar, etc., antes que murmurar, cuchichear, gritar y musitar. La mejor forma para someter a las personas es el miedo y coartar las libertades ha sido el estilo político y religioso que se inventaron demonios, diablos o satanás para manejarlos, quienes lideran iglesias explotando la fe cristiana y colocándose como el delegado de Cristo en la tierra.

Hablando se enseña, ilustra, orienta y también se aprende en intercomunicaciones personales, radiales y televisivas. Callar impacta cuando es contrario a la voluntad y silenciar produce estrés y sudoraciones frías, a quienes retrecheramente se resignan pasar el trago amargo, acumulando rebeldías y energías para motivar reacciones de choques, superando el miedo y la dignidad que nos caracteriza para hacernos respetar y acosar el mal que nos afecta. No hablen demasiado, pero tampoco se abstengan de hablar cuando sea necesario y pertinente. Callen para oír, apreciar, escuchar y sean silenciados en brevedad circunstancial.