Hablar de clítoris

Puede ser porque durante muchos años este órgano fue desplazado de los libros de Anatomía y se condenó al desconocimiento cultural en medio de una mojigatería simplona que, afortunadamente, empieza a ceder.

Algo ha cedido, sí, pero aún falta. Por eso conviene hablar una y otra vez del Clítoris. Es hora de darle el lugar que se merece y de desterrar la idea de que uno es un mero interruptor al que se acude en las relaciones sexuales o cuando se quiere alcanzar placer de manera autónoma.

Para empezar, hay que decir que del Clítoris se habló por primera vez en el siglo XVI, cuando Mateo Realdo Colombo, un profesor de cirugía de la Universidad de Padua, en Italia, lo describió como “la sede del placer femenino” (los anatomistas Gabriel Falopio y Gaspar Bartolino también se atribuyen su descubrimiento en ese mismo periodo). En la época victoriana volvió a entrar en escena porque se descubrió que el masaje en esa zona proporcionaba alivio a las mujeres que padecían lo que entonces llamaban “histeria femenina”. El asunto es gracioso, porque con el ánimo de encontrar placer aumentaron los diagnósticos de histeria y las consultas a los médicos que, con sus masajes, la curaban.

Durante años los investigadores se empeñaron en buscar funciones reproductivas u hormonales para justificar la existencia de este órgano cuyo nombre deriva del término griego ‘Kleitoris’, que significa pequeña montaña. Tal vez el hecho de que solo sirva para producir placer se haya convertido en su principal enemigo, pues siempre fue centro de mitos, conceptos erróneos y hasta de “fake news”. La tendencia natural ha sido compararlo con el falo, lo cual es una gran equivocación. Primero, porque el pene no es un órgano exclusivo para el placer, pues también tiene fines reproductivos. Y segundo, porque siempre se viene a la mente la figura del pene, mientras que es frecuente pensar en Clítoris no tiene forma.

Y si la tiene. Es como una Y invertida de más o menos 10 centímetros de tejido eréctil (cuerpos cavernosos que se llenan de sangre), aunque la parte visible es una especie de glande de un centímetro, cuyo tamaño se multiplica cuando se pone erecto. Allí hay unas 8.000 terminaciones nerviosas extremadamente sensibles –más del doble de las que tiene el pene– que con un pequeño estímulo hacen que los cuerpos cavernosos se llenen de sangre y desencadenen un tsunami de placer. Ah, y está conectado a 15.000 terminaciones nerviosas en la región pélvica, lo que lo convierte en un auténtico director de orquesta.

Bastan solo cuatro minutos de buena estimulación para que el Clítoris esté en su punto.