Hacer cola

La vida sometida en lo cotidiano al escrutinio de la ciencia lo estudia todo, lo evalúa todo. Sesudos diagnósticos han determinado que el ser humano pasaba muchas horas del día durmiendo, probablemente con el sesgo oculto de disparar alertas que protejan la productividad, en detrimento de la economía. Es probable que abunden los laboratorios sobre el efecto de esperar en filas, que es como dormir de pie.

Hoy día en esa suerte de selección natural que ha impuesto el virus en los estados de emergencia al que la inteligencia institucional ha tildado de “pico y cédula” se le antepone la demanda de oferta de servicios sobre los que se soporta el musculo financiero de cadenas de almacenes y comercios. Pocos cajeros y pocas sucursales obligan la aglomeración riesgosa en puntos de atención con desdeñosos protocolos de desinfección. Por su parte, la acción gubernamental en su acomodada estrategia para bajar el trapo rojo, moviliza hordas furiosas de beneficiarios que hacen cola cuidando con celo el espacio entre uno y otro para que nadie se le cuele en la búsqueda ansiosa de mercados, formulas, ayudas humanitarias y códigos de ingreso solidario. Lo que antes era un mecanismo supeditado a las clases menos favorecidas, es la norma general. Sin embargo, el expediente clientelar ha dispuesto su dispositivo para reducir las incomodidades con los pasaportes que otorga la cercanía familiar, la confianza del voto o el manoseo con el celador.

El idioma en su belleza carga sobre sus hombros los juegos de la semántica y resuelve una disyuntiva necesaria para un hábito colectivo pandémico cuando corresponda hacer fila o en su defecto estacionarse en una cola: Fila proviene del latín filum, generó en el castellano hilo y filo para denotar longitud y angostura (hilacha, hilar, hilera, filoso, filamento, filete, desfilar, desfile, perfil, perfilar) y se refiere a la serie de personas o cosas dispuestas en línea. Siguiendo con las trampas del signo que nos impone el significado, cola nos traslada a la idea de apéndice alargado, aplicándose por lo general a la extremidad posterior de ciertos animales, aunque quepa en otras acepciones como la cola del vestido de novia, el piano de cola y la popular “colita” que se pide como aventón.

El Drae la toma para connotar hilera con muchas personas, para poder entrar en una parte o acercarse a un lugar con algún objeto, por ejemplo, a un supermercado en el día sin IVA o la Secretaría de Salud por un bono. Los chinos, adelantados en casi todo, hasta en inocular virus, comparten un proverbio milenario que encaja y desencaja: “La tontería se sitúa siempre en primera fila para ser vista. La inteligencia, por el contrario, se sitúa detrás para observar. Sigamos poniendo la inteligencia a hacer cola, tal vez un día no muy cercano, nos asista y le demos la colita.