Hans Welzel y Calixto Ochoa. Una reflexión entre Alemania y Valencia de mayo

Este es el #ViernesDeVallenatoJurídico, un espacio literario que ha dado un salto de calidad pasando de la red social Twitter al prestigioso Diario del Norte. No puede haber un mejor espacio para unir mis dos pasiones: el Derecho Penal y el vallenato. Durante las próximas semanas de manera religiosa estaremos enlazando –ustedes y yo- estos dos mundos aparentemente lejanos, pero realmente cercanos.

Al grano: Hans Welzel es un reconocido penalista alemán, otrora titular de la cátedra en la Universidad de Bonn. Su importancia en el mundo penal radica en la recomposición de la estructura de la teoría del delito. Welzel logró darle un “giro copernicano” a las teorías causalistas que impulsaban los clásicos y neoclásicos alemanes como Franz Von Liszt, Ernst Beling y Edmund Mezger.

Ese “giro copernicano” tiene una clave: la teoría final de la acción. La acción, como sustantivo, debe recibir los adjetivos de típica, antijurídica y culpable para que se configure un delito; pero aquella no fue siempre concebida de la misma manera, como tampoco éstos. Welzel, contrariando a sus antecesores causalistas, consideraba que la acción debía comprenderse siempre desde su finalidad y no sólo desde su comprobación externa (voluntariedad). 

En resumen: la acción comprendida por Hans Welzel supone la concepción de un fin (matar, hurtar, violar), la elección de unos medios para lograr ese fin y luego la ejecución final. Para llegar a esta conclusión se inspiró el reconocido filósofo Nicolai Hartmann, quien en su obra Ontología expresó: “En la imaginación puede el hombre colocarse en cualesquiera otros tiempos, puede demorarse en lo pasado, anticipar lo venidero, puede acelerar, detener, hacer correr hacia atrás el flujo del tiempo. Esta es, justo, su libertad en la intuición del tiempo”. La acción final, entonces, no es una concepción jurídica sino ontológica, del mundo del ser. Es la acción que puede observarse en cualquier ser humano en condiciones más o menos normales.

Y aquí llega el vallenato a nuestra historia: a esa misma conclusión llega este gigante que considero el más grande artista de música colombiana de la historia: Calixto Ochoa Campo, de Valencia de Jesús por su nacimiento y sabanero por cómo vivió. Nació en 1934. Fue el tercer rey vallenato (1970), después de las coronas de Alejandro Durán y de ‘Colacho’ Mendoza. Finalista del Rey de Reyes 1987, enfrentándose a los dos mencionados, a Luis Enrique Martínez –el mejor acordeonero de este folclor- y al joven ‘Pangue’ Maestre. 

Este gigante de catálogo infinito tiene entre sus obras una canción llamada ‘Martha’, grabada por el finado ‘Opita de Oro’ Jairo Serrano y Felipe Paternina en el año 1983 en el acetato titulado ‘Mejor que nunca’, del sello Philips (En este trabajo se grabó una preciosa versión de ese antiquísimo canto argentino posteriormente llamado ‘Cabeza de hacha’).

Ochoa Campo en esta canción dicta una frase contundente: “Si pudiera trasladarme siempre de un lugar a otro con esa velocidad que se traslada el pensamiento”. Esta frase parte, ni más de ni menos, que de la misma premisa de la que partía Nicolai Hartmann en Ontología, premisa acogida por Hans Welzel para reconfigurar la teoría del delito en Alemania. Y debe añadirse de manera inmediata: concepciones que sirvieron de base para que nuestros maestros locales –entre los que cuento al vallenato Carlos Arturo Gómez Pavajeau– redactarán el Código Penal vigente (Ley 599 de 2000). 

Esto comprueba que la teoría final de la acción está en un estadio superior al estadio jurídico. Ésta no es susceptible de ser aprehendida y aprendida sólo desde el Derecho Penal sino que puede entenderse desde la cotidianidad, desde la vivencia misma, y en esto Calixto Ochoa no tiene comparación. Un hombre capaz de componerle a un “calabacito alumbrador”, a un parquecito, a las playas marinas, a un nasciturus (no nacido) inteligente y hasta a una polizona que se marchó –al parecer, por la bandera del barco– para Canadá, es una mente superior a la que se le pudo ocurrir la misma teoría final de la acción en un día cualquiera en los campos de Valencia o en nuestra esplendorosa sabana caribeña.