José María Barros Ipuana: fuerte como un cardón de su tierra

De la misma manera, la revista Semana en un artículo publicado el 10 de octubre de 2004 que lleva por título ‘Policía capturó al supuesto autor de varias masacres de indígenas wayuú’, recoge las siguientes afirmaciones entregadas también por fuentes policiales:

“Lo acusan de estar detrás de homicidios colectivos de indígenas, incluyendo el que en abril pasado provocó el éxodo de más de 600 familias de los alrededores de bahía Portete […] Tiene una reconocida trayectoria criminal en La Guajira, el Cesar y la Costa Norte, con vínculos con el narcotráfico y el contrabando […] en los últimos meses ha hecho parte de una operación de exterminio de la etnia wayuú”.

No se pretende con este escrito ni confirmar ni negar lo que sobre José María Barros Ipuana se ha dicho, pues tanto su demonización como la contracara de su idealización, terminan convirtiéndose en un obstáculo que impide comprenderlo en su justa dimensión, como un hombre wayuú atrapado en la vorágine de las circunstancias que se configuraron en su territorio durante aquellos tormentosos años. Además, sea como fuere, el 27 de junio de 2008 terminó siendo condenado a una larga pena de 39 años y 6 meses por los delitos de “homicidio agravado, desaparición forzada, tortura, terrorismo, hurto calificado, concierto para delinquir y desplazamiento forzado” y casi un año después, el 29 de enero de 2009, fue extraditado a Estados Unidos, en donde el 30 de julio de 2009 una Corte Federal le impuso una condena de 20 años por delitos asociados con el narcotráfico.

A lo largo de todo el proceso penal, el cual se llevó a cabo sin tener en cuenta el sistema normativo wayuú y sin contar con la asistencia de un traductor en wayuúnaiki, nunca se pudieron escuchar de manera adecuada sus explicaciones y sus argumentos, quedando su testimonio encapsulado en un silencio que, a la fecha todavía no se ha roto.

Con su ulterior extradición a EE.UU. la posibilidad de conocer su versión sobre los hechos de cuya autoría se lo responsabiliza, se desvaneció inexorablemente.

Es por lo anterior que a los diversos relatos y análisis que se han construido sobre las dinámicas del paramilitarismo y el conflicto armado en la Media y Alta Guajira, especialmente sobre los hechos alrededor de la execrable masacre de bahía Portete ocurrida a mediados de abril de 2004, le falta una pieza clave para completar el puzle que permita contar con una visión mucho más completa e integral de esta tragedia y de los acontecimientos asociados a ella.

Hoy a 15 años de su captura, cuando este hecho no tiene ninguna relevancia noticiosa para los medios de comunicación, como si la tuvo el 10 de octubre de 2004, bien vale la pena recordar a José María Barros Ipuana en su faceta más íntima y humana, como cabeza visible de una extensa parentela, conformada por los 14 hijos e hijas que tuvo, como buen wayuú, con cuatro mujeres distintas, así como los nietos, nietas, bisnietos y bisnietas que han venido llegando, muchos de los cuales no ha podido conocer ni siquiera a través de fotografías; por sus 52 hermanos y hermanas, fruto de las relaciones que sostuvo su padre Juan Manuel Barros con su maravillosa madre Agustina Ipuana y con otras bellas mujeres Wayuú; y, en fin, por todos sus familiares que se derivan por línea materna, los que especialmente constituyen la trama y urdimbre de las relaciones con su gente y con su territorio.