José María Barros Ipuana: sosegado como un viento que regresa

Hay que recordarlo como un hombre muy servicial, siempre presto a socorrer a quien lo necesitaba; entregado a los suyos, a sus familiares y amigos; como un buen conversador y contador de historias y anécdotas, varias de ellas producto de su imaginación; con su buen humor que afloraba en el momento menos pensado, provocando la risa de quienes lo escuchaban; hay que recordarlo desplegando siempre sus dotes de conciliador y buen componedor, privilegiando ante todo los malos arreglos sobre los buenos conflictos; como un hombre respetuoso de las tradiciones de su pueblo; como el típico wayuú que, pensando en su gente, sobrelleva con fortaleza las vicisitudes de la vida.

Las condiciones de su actual reclusión en Estados Unidos no pueden ser las mejores. En un país extraño, lejos de su tierra y de su gente, no tiene a nadie con quien conversar en wayuúnaiki ni a nadie cerca a quien, antes del amanecer, contarle sus sueños, lo que lo habrá llevado a olvidar el arte de soñar; así mismo, ha estado privado de escuchar los cantos y sonidos de los jayeechi que le traían a su memoria las historias de su pueblo; tampoco ha vuelto a sentir los sabores, aromas y texturas de un chivo bien preparado; ya no debe recordar la seguridad que transmite el dormir en uno de esos espléndidos chinchorros, evidencia material del ingenio de las mujeres wayuú; y debe tener un hueco profundo en su corazón por no haber podido acompañar a sus parientes muertos cuando han emprendido el viaje de regreso a Jepirra…

Como si lo anterior no fuera suficiente, lo que más lo ha afectado es el aislamiento en el que, en la práctica, se encuentra. Al respecto, puede decirse que desde que fue extraditado a Estados Unidos nunca ha sido visitado en la cárcel por nadie, ni siquiera le permitieron hablar con unos periodistas que en un par de ocasiones lo buscaron para entrevistarlo, y la comunicación con sus familiares ha sido esporádica, a través de teléfono o correo electrónico, lo que hace muy difícil la manifestación de los afectos y el cariño.

Tal vez, como ya se dijo, sus viajes oníricos han desaparecido, pero cuando está despierto sueña con el retorno a su tierra para contribuir al restablecimiento de los equilibrios rotos, encontrar la paz interior y, recreando los tiempos idos, volver a pastorear sus rebaños de chivos, subirse a una lancha para irse de pesca con los wayuú apalashi al caer la tarde, al ritmo de un buen vallenato tomarse unos güisquis con sus parientes y amigos y, sobre todo, recuperar sus amuletos, lania, que le permitan volver a soñar para conocer lo que sus ancestros tienen para decirle.

En medio de las adversidades, José María Barros Ipuana ha logrado mantenerse como un cardón de su tierra, fuerte tanto en invierno como en verano, máxime ahora que pareciera que el texto de la canción vallenata ‘Nostalgia de mi pueblo’, con la que se comenzó este escrito, quisiera hacerse realidad cuando casi 10 años después de haber sido trasladado a frías y distantes tierras, próximamente estará retornando al país, al que llegará para continuar enfrentando con estoicismo la interminable condena que aún lo espera.