‘La Cacica’: una oda al liderazgo femenino y al vallenato

Por Fabrina Acosta

“Yo quiero que se mantenga viva y perenne la lámpara votiva de la fe en nuestra música vallenata, en nuestros valores y en nuestro sentido de pertenencia”. Consuelo Araújo
Mi punto de partida es que el riesgo de hacer bionovelas es encontrar personas que consideran que no están bien contadas por perder el rumbo entre ficción y realidad o entrar en choque con la subjetividad de aquellos que consideran que la forma como la imaginan es la única “verdad” posible de proyectarla; por ello estas letras las dedico a exaltar una bionovela que no perdió su rumbo en relatos que denigran a la mujer, que abochornan la cultura Caribe o que ignoran la relevancia de personajes fundamentales en cada historia.
Debo aclarar que escribo desde mi orilla crítica y poco consumidora de productos televisivos, con esto no quiero decir que nunca veo televisión, sino que pretendo dejar claro que sí veo –‘La Cacica’– y me atrevo a hablar de ella; es porque corresponde a una historia que mueve fibras, que integra a familias, que inspira a seguir creyendo en el buen vallenato, en las amistades leales y en las grandes transformaciones sociales que estas pueden lograr, en el liderazgo de las mujeres y en el poder de personajes que han hecho del Caribe la reserva universal de la imaginación.
Considero que, en tiempos de caos, los medios de comunicación no deben concentrar sus esfuerzos en arraigar la desesperanza sino inyectar motivación a la sociedad y esto genera ‘La Cacica’, un mundo de imaginación a quienes tuvieron y no tuvieron la oportunidad de vivir esa época, donde las serenatas eran un sendero directo al enamoramiento, los paisajes tenían menos cemento que en la actualidad y la tradición se abrazaba poco con las tendencias (temporales) que impone el consumismo.
Respeto a quienes en redes sociales expresan su protesta porque consideran que han alterado algunos sucesos en términos cronológicos, pero mi invitación es a reconocer que a la televisión le hace falta más programas como ‘La Cacica’, por ello no es tan saludable quedarse en los errores, sino concentrarse en lo que esta bionovela está logrando; y corresponde a que el mundo sepa que en el Caribe colombiano nacieron personajes que marcaron con tinta imborrable la historia, que el vallenato no es un ritmo nacido de la nada, ni que es un producto más en la industria, sino que tiene sus raíces en la capacidad de resiliencia que tenemos los seres humanos, porque si bien era el ritmo de la “vergüenza” le debemos las mejores parrandas de integración social, infinitos enamoramientos, el bagaje de nuestra riqueza cultural y las mejores inspiraciones de vida.
Es conmovedor ver a cada personaje de esa novela al maestro Leandro Díaz, a Escalona, a ‘Gabo’, a ‘Colacho’ y a la fuerza de la mujer Caribe representada en ‘La Cacica’, demostrando que nacimos con la capacidad de no resignarnos y que nunca somos inferiores a los retos; que bueno mostrarle a las nuevas generaciones que el ritmo que tanto bailan, cantan o deleitan fue producto de un colectivo de personas que no se resignaron a dejarlo sumergido en el anonimato y que decidieron que vibrara no solo para el Caribe colombiano sino para el mundo, como en la actualidad lo vemos.
Felicito al equipo de producción, actores y actrices, libretistas, porque es la primera bionovela que me lleva de la risa al llanto bonito, de la desesperanza a la esperanza porque así como ‘La Cacica’ y su combo logró tantas cosas a favor de la cultura, creo que quienes lideramos causas sociales nos convencemos que también podemos alcanzar nuestros propósitos, y eso es lo bueno de un programa, que marque la vida de las personas, que muestre lo cotidiano y convoque al público a creer, a reír, a integrarse en familia; ‘La Cacica’ es un descanso y oxígeno de tanta producción que arraiga episodios que ya el país merece olvidar, reparar y no repetir.
Por último, agradezco la dulzura con la que desarrollan el personaje de Santander Araújo, no solo en su rol de padre sino como ser humano, eso nos recuerda a la gente criolla de nuestros pueblos, que creen en la poesía, en la música, en el amor y que viven para avivar los sueños de los demás; gracias por hacernos viajar por personajes que nos invitan al realismo mágico y a saborear nuestra cultura, ‘Gabo’, Escalona, ‘La Cacica’, Jaime Molina, y todos los que capítulo a capítulo dan color a las noches de las familias y personas que se sientan a inspirarse y se convencen que la música y el liderazgo femenino son universos tejedores de esperanzas para el mundo; que viva el vallenato, el Caribe, su gente y el color de sus historias, que demuestran incluso que esas divisiones regionales que existen entre nuestra región y en el centro del país, se derrumban a punta de acordeones, cajas y guacharacas como lo demuestra la amistad entre López Michelsen y Consuelo Araújo, es que no hace falta otra forma pacificadora y mágica en cualquier situación, sino el poder de un buen vallenato, en el que no hay fronteras ni estereotipos que nos separen. ¡Que sigan las buenas historias!