La confianza y el amor, la clave de la felicidad

Confianza en el ser. ¿Cómo se puede cultivar la confianza? Siendo ecuánimes, contentándonos con lo que tenemos. La clave de la felicidad no radica en hacer lo que a uno le gusta, sino en que a uno le guste lo que tiene que hacer. Esa es una gran verdad. Y tenemos que tener una Fe absoluta en Dios. La verdadera grandeza procede de la Fe. Cuando no tenemos confianza, sin la confianza, la Fe titubea. ¿Entonces dónde habrá lugar para que se instale la gracia y para poder encontrar la Divinidad en nuestro interior? Si cerramos la puerta, ¿Cómo podrá manifestarse el Espíritu?

Todo proviene de la Gracia de Dios. Sin la Gracia no podemos hacer nada. Ante todo, debemos cumplir con los deberes y pensemos en Dios todo el día, de la mañana a la noche. Debemos ver a Dios en todas las cosas. Para ser felices debemos pensar permanentemente: “Señor, para mí lo eres todo. Eres mi meta. Eres mi aliento”. Contrario a este pensamiento: “Esto es mío, aquello es mío.”  Al contrario siempre debemos pensar: “Soy distinto del cuerpo. El cuerpo no es más que una burbuja de agua. Soy destino de la mente. La mente es tan solo un mono loco. Yo soy la conciencia, soy el alma. Yo y Dios somos uno.”

Y debemos siempre pensar: antes de que se formara ese cuerpo yo ya estaba allí. Tras la marcha de ese cuerpo, yo permaneceré allí. No somos el cuerpo que perece. No somos la mente que cambia. Somos el alma. Todos tenemos un cuerpo físico, controlado en cada uno de sus átomos, por la energía Divina. Tenemos un cuerpo astral, réplica de nuestro cuerpo físico, mientras este vive controlado por energía y por un hilo de plata. Luego tenemos esa hermosa Conciencia que también es energía. Por ellos todos los seres humanos existimos en tres dimensiones, en tres mundos si queremos llamarlos de esa manera.

Aunque existen dieciséis dimensiones y nuestro Señor Jesucristo aplicaba por ejemplo la cuarta y quinta dimensión cuando la multiplicación de los panes o la conversión del agua en vino, pero este es un tema más profundo de la energía cuántica que no lo voy a expresar en esta columna. 

Después de la Conciencia, está el amor. El Amor Divino por supuesto. El Amor Divino está completamente desprovisto de egoísmo. El amor humano es en su mayor parte egoísmo; no cesa de repetir, yo, yo y yo. Ese es el ego. El ego es una condición muy nociva. El ego todo lo ve distinto. El ego todo lo ve con dualidad. Donde exista la dualidad, no está la Divinidad. Por eso siempre en la condición humana solo existe el deseo, el deseo y el deseo. “yo quiero eso. Yo quiero aquello”. Todos los deseos son nubes pasajeras vienen y van.