La década de los sesenta y los setenta

Quisiera devolver el tiempo y extasiarme por un instante nada más en lo que fue mi pueblo y ya no es ni dejará de ser. Aquel tiempo de los coscorrones cuando nos equivocábamos, de los baños en los aguaceros, poniendo a rodar nuestros sueños por el suelo. Los tiempos en que volábamos cometas y papagayos y jugábamos gallitos con grillos y flor de Acacio. Tiempos de pantalones cortos y cargadores en los niños y los vestidos largos hasta los pies en las niñas para cubrir su pudor y su castidad. Hasta a los más humildes no se nos paraba una mosca en la pinta almidonada y bien planchada.

Como cambian los tiempos. Antes los padrinos tenían la autoridad y potestad para corregir a sus ahijados y ser sus acudientes orgullosos en el colegio. Se deletreaba el abecedario en cartillas de cartón y se recibían sendos reglazos en ambas manos cuando no aprendíamos la lección. Se decía que la letra con sangre entraba. Nos arrodillaban al sol, cuando mentíamos al profesor o nos tiraban de las orejas por groseros y desobedientes. Eran las décadas de los sesenta y los setenta, época de los almanaques mundiales y Bristol, de las matemáticas de Baldor y la historia de Barrios Astolfi, lo mismo que, la urbanidad de Carreño y la asignatura de comportamiento y salud. Los muchachos íbamos al colegio a aprender y en busca de méritos, con buena ortografía, buena caligrafía, dibujo, oratoria y discurso. Claro, devorábamos muchos libros al año y existían los centros literarios para desarrollar los talentos, la poesía y la literatura. Recordamos la fila de acudientes en la primaria y el bachillerato, disputándose los premios estimulantes que ganaban sus hijos en los primeros y segundos lugares. Los muchachos de noche jugaban a la libertad, cuatro, ocho y doce, el tiroteo, al llanero solitario y al zorro. Mientras que las niñas, jugaban a la peregrina, y a las muñecas.

Había mucha humildad en el pueblo, menos gente preparada, pero con mayor sentido de la amistad y la familia. Se rendía culto a Dios y a la sana doctrina. Eran muy pocas las desviaciones de los principios y valores inculcados en la familia y el colegio. La visión y la meta de los hijos y los padres era estudiar para trabajar honradamente y progresar y sacar la familia adelante. Todos competían por ser médicos o abogados o maestros.

Eran las profesiones más apetecidas no tanto por la remuneración o salario de su ejercicio sino por el estatus, reputación o prestigio que significaban. Se respetaba mucho a los mayores, todos éramos levantados en el esfuerzo, muy pocos eran los hijos de papi y mami. Las familias humildes todo lo compartían, las fiestas especiales, ocasiones y encuentros y hasta la alimentación se prestaban. No había tanta envidia, ni malicia, ni codicia.

Los vecinos eran como hermanos y los hermanos todo se lo prestaban. El medio de transporte más visible era la bicicleta, los carros eran para los ricos y los aviones para viajar para los millonarios. Los colegios mejor posicionados eran dirigidos por sacerdotes, monjas o seminaristas.

Los enamorados se veían a la vuelta de la cuadra en la tienda de la esquina y le escribían a su dulcinea en barquitos de papel y se usaban mucho las alcahuetas, o la amiga que hacía el dos. Los bailes de carnavales eran con disfraces, capuchones y caretas. No había personaje del pueblo que no se imitara o se remedara. El pueblo que recuerdo en los arreboles de la tarde para disfrutar del arcoíris después de la lluvia, era un pueblo bien organizado y de gente laboriosa. Las lavanderas en el río manduqueaban la mugre de la sociedad. El campesino vendía su cosecha en camiones con verduras y algodón. Los campos con mantos interminables de algodón se apreciaban desde las vías y caminos reales. Los cañaguates florecidos, el caracolí y los ceibotes milenarios también. Los diciembres con sus caras alegres siempre nos acariciaban con su brisa y aguinaldos y los juegos pirotécnicos eran la novedad y hacían la ocasión. Las calles se arreglaban religiosamente cada año con un motivo bíblico, predominando la última cena y la crucifixión de Jesús. Hoy, esa generación de los sesenta y los setenta, son los orientadores de la opinión. Son los padres de toda una generación que con esfuerzo construyeron su propia estatura y la de su familia con principios y valores sin desviaciones.