La desolación del dolor

Al ver llegar a mi mamá aquel mediodía a la casa, su rostro se veía distinto, como nunca lo había visto antes. Pasó a mi lado, muda, absorta, sumida en un dolor que solo ella conocía desde la noche anterior. Le pregunté a mi papá que le pasaba y me respondió: Tu abuelita murió. Quedé sin palabras y sentí una profunda tristeza. No recuerdo lo que pasó después, sin embargo, tengo en mi mente haber estado en la Eucaristía de su sepelio en la Capilla de la Divina Pastora, observando a los miembros de mi familia materna llorar desconsoladamente su partida.

Tenía siete años y amaba a mi abuelita, recordaba su mansedumbre, su dinamismo de matrona arribera, su figura laboriosa llena de afecto para su larga parentela, vecinos y amigos; disfrutaba plenamente nuestras visitas a su casa en la calle sexta donde había vivido con mi abuelo por largos años. Imborrable en la memoria del corazón, su incomparable sazón de mujer riohachera con olor a achiote, comino y vinagre criollo, su cariño incomparable en cada abrazo, sus dos gatos: uno negro y otro mono a los que mi mamá no me permitía tocar, y el patio incomparable de aquel hogar de los abuelos, colmado del olor de las matas de ají y la imponente presencia de coloridas cayenas y coralitos. Mi mamá la recordaba siempre, en ocasiones pronunciaba su nombre con un profundo suspiro que dejaba vislumbrar, la melancolía que habitaba en su corazón por la ausencia física de su madre. Recordaba sus dichos, sus consejos de mujer sabia. Cada tanto me hacía saber cuánto la extrañaba y honraba su memoria cocinando y cosiendo como ella, y elaborando con sus propias manos las coronas que llevaba al cementerio a la bóveda familiar donde se encuentran los restos mortales de ella, mi abuela Antonia Lucía Arismendy Gómez a quien cariñosamente le decían ‘Toña’ y de mi abuelo José Prudencio Aguilar Márquez a quien llamábamos ‘Encho’.

Conocí ese dolor hace cuatro meses y convivo con él desde entonces. Me levanto cada día y entre oraciones llega a mi mente el recuerdo vivo de mi madre, de su rostro, de su voz que rompía el silencio de la casa, de su imponente presencia que llenaba todo, mientras los días transcurren lentamente y sobrevivo gracias a la misericordia de Dios y al candor de mi hijo quien la recuerda ocasionalmente mirando al cielo sin entender lo que sucede. Mamá lo fue todo, todo lo que hubiese anhelado conocer, sentir, amar y recibir. Llegué a sus brazos salvadores para que fuera ella quien me diera, al lado de mi papá, una vida. Ante su inminente ausencia física he intentado reconocer todo lo que de ella existe en mí, desde la entonación de la voz, los dichos que se paseaban cotidianamente en su exquisita y agradable conversación, hasta en sus gestos y ademanes de dama riohachera. No me resulta fácil escribir sobre la tristeza pues he elegido siempre las experiencias esperanzadoras y llenas de felicidad como fuente de inspiración para mis escritos, sin embargo, ante tantas situaciones dolorosas, describirlas y compartirlas resulta realmente terapéutico e incluso liberador. Compartir mis sentimientos y vivencias en torno a su partida, se ha convertido en parte de mi realidad y de alguna manera es un paliativo para el dolor con el que se va aprendiendo a coexistir, en la medida en que transcurre el inexorable paso del tiempo.

La orfandad nos enfrenta al mundo sin la tutela cercana, cálida, segura y poderosa de nuestros padres. Nos obliga a aferrarnos a los recuerdos sublimes como quien se abraza a una rama para no ser llevado por la fuerte corriente de un río caudaloso que se alimenta del dolor de su partida de este mundo terreno. Seguramente entre las memorias de todos, se encuentra el susurro nítido de algún consejo, de alguna palabra que inundaba de paz nuestra alma, en medio de la tormenta. Aunque no estén a nuestro lado, su figura, su ejemplo, su educación y su amor, son su más grande legado y siempre estarán presentes para guiarnos ante las diversas dificultades que la vida trae consigo. Hasta el cielo mi amor eterno papi y mami. Los amo y los extraño cada día. Gracias a Dios por ustedes y gracias a ustedes, por tanto.