La emblemática matrona sanjuanera: Isabel Frías

Isabel Frías fue mi orgullosa abuela paterna, a su lado crecí, como si viviera en un hogar biparental, porque hacía las veces de padre y madre. Allí junto a sus hijos y demás nietos, me hice bachiller y profesional y conviví con ella hasta el día de su muerte aquel fatídico 14 de febrero de 1989, cuando un infarto del miocardio acabó con su vida.

Una matrona sanjuanera muy querida, respetada y considerada. Madre de diez hijos, Carlos, Joaquín Elías, Libia, Álvaro Enrique, Rafael Francisco, Andrés Ramón, Juan Bautista, Ana Teresa, Isabel Dolores y Nelson. Una mujer que, en su emblemático rancho de bahareque, con tejas de cemento y puertas de guayacán, congregaba a toda la sociedad sanjuanera alrededor de un fogón con tacanes de piedra y leña de Brasil del corte de Payayo.

Era una mujer muy laboriosa y sociable, dicharachera y solidaria, quien siempre tenía un plato de comida para compartir con sus vecinos y paisanos. Su espíritu alegre y entusiasta no muy común a su edad, la hicieron una persona de grata recordación.

Además de sus ventas de fritos, pasteles, chorizas, mondongo, caribañolas y empanadas en la puerta de su rancho, casetas y verbenas, cocinaba al detal cuando la ocasión lo exigía y se desempeñaba como partera en otras ocasiones. Máximo Móvil, la hizo célebre en su canción ‘Está de Fiesta mi Pueblo’, cuando en reiteradas ocasiones escuchó su grito alegre: Lasss chorizaaasss, ya con su melena plateada y su mirada gastada, por las calles del pueblo. Por esa razón muchos preguntan por ella, el 24 de junio de cada anualidad, en la fiesta patronal de San Juan Bautista, cuando suena esta canción inmortal del indio de oro. Pero lo más importante de su vida fue el legado que dejó en sus hijos y nietos.

La educación fue su bandera por la cual trabajó y se expuso a las brasas y cenizas ardientes de un fogón de madera. Muy duro trabajó para que algunos de sus hijos y nietos estudiaran y fueran mejores personas. En ese afán de superación que siempre nos inculcó, la vimos muchas veces prestándose la sal, el azúcar y el bastimento con los vecinos para tener que comer. Igualmente, la vimos dándole de comer en la boca, a muchos sanjuaneros, como la paloma a sus polluelos en el nido. Mujer de recio y fuerte carácter, pero de una nobleza a toda prueba, quien, pese a sus pocos estudios, alrededor de una olla de sancocho congregaba a toda su familia.

Comadre de casi todo su vecindario y madrina de todos los hijos que recibió como partera, razón por la cual tuvo docenas de ahijados. La recuerdo siempre como la mujer adulta que fue, no la conocí en su juventud. Con un espíritu alegre, dinámico, dispuesto y dadivoso. La integración familiar y la unidad, fue otro de sus legados que recuerdo, siempre recalcaba que familia unida jamás sería vencida. Tenía una gran autoridad sobre sus hijos, que aún después del matrimonio, la vi darle unos azotes cuando se disgustaba con ellos, y ellos como mansos corderos, de rodillas lo recibían.

Allí en la esquina de la avenida Padilla con la carrera sexta que conduce al mercado de San Juan, aún están sus recuerdos y se conserva el rancho que levantó. Lugar que aún es motivo de congregación familiar y donde pareciera que aún se sintiera el calor de su presencia. Aún recuerdo en el patio la troja armada que le servía de cocina. Un fogón siempre alegre en llamaradas anunciando visitas, ella sentada en un asiento de cuero maltrecho con una batea de madera aventando el arroz entre sus piernas y sus sandalias a medio calzar. Allí estaba la señora Isabel, como le decían sus vecinos, en su faena habitual. Al otro costado, entre dos parales y una tirante de tabla, estaban Wilmer o Humberto, sus nietos, tirando del brazo de un molino corona y recogiendo en una batea la masa de maíz para los fritos. De uno de los horcones de madera de la vieja cocina colgaba un radio Sanyo que anunciaba a través de una sirena, los avances de Radio Guatapurí, que atraían a los chismosos y curiosos que transitaban por la calle.

También colgaban de allí, las guindas de chorizas de carne de cerdo bien aliñadas para solo freír. Recuerdos imborrables de la matrona sanjuanera, Isabel Frías, cuyo sepelio multitudinario y el llanto de todo un pueblo fue un reconocimiento a la humildad de su corazón.