La enramada de los afectos Micaela López Pulido

La muerte siempre nos sorprenderá, no importa cuán avisados estemos. Toda partida es inesperada.

Toda pérdida conlleva una súbita conmoción. A lo largo de la vida levantamos el entramado de nuestros afectos con puntales que consideramos sólidos y duraderos, pero luego el paso del tiempo nos revelan que algunos eran frágiles y contingentes.

Cada una de nuestras vidas para apelar a una metáfora indígena, es como una extensa y cambiante enramada en la que colgamos el chinchorro de la existencia. En la medida en que transcurre nuestro ciclo vital y se acerca la madurez, algunos de esos pilares son aserrados regularmente por el curso natural del tiempo o por el inesperado vendaval de la tragedia. Un día nuestra enramada empieza sigilosamente a desmantelarse, a tener más claros que postes enhiestos, hasta que súbitamente debemos recoger nuestras propias colgaduras para ceder el paso a una nueva cohorte de seres humanos que irrumpe en el universo con el ritmo marcial de las antiguas legiones romanas.

Hace tan solo unas horas falleció mi cuñada Micaela Mercedes, ‘la Negra López’, uno de los mástiles de la enramada de nuestros afectos. Su temperamento espontaneo e iconoclasta irrumpía usualmente en los ámbitos familiares y de sus amigos como una reconfortante brisa festiva. La vida para ella era siempre como la víspera de una festividad religiosa, como la antelación gozosa de un dos de febrero. Extrañaré por siempre el saludo Caribe, ritual y sostenido que me dirigió durante más de tres décadas: “el cuñado de mi querer”. Echaremos de menos sus mañanas jubilosas, su pasión por la música contenida en sus antiguos discos de vinilo con baladas de cantantes españoles, sus vallenatos incunables y unas rancheras mejicanas de la época de Emiliano Zapata. En todo ello reflejaba su obsesión por impedir que el abatimiento se asomara por las rendijas de su vida. Si le hubiésemos preguntado ¿para qué son los días? Ella habría respondido con los versos del poeta británico Philip Larkin: “Los días son para que seamos felices. ¿En dónde no vivir sino en los días?

Hoy una arraigada tristeza por la dolorosa precipitad de su muerte acompaña a todos los que la quisieron. Ante esto ella habría dicho que la tristeza es un huésped mentiroso e indeseado que llega a nuestras vidas detrás del dolor pidiendo un breve asilo para luego quedarse y poner un sedimento amargo y creciente en nuestras vidas. La lección que nos deja es que, aunque el fluir de los eventos vitales y familiares nos depare momentos profundamente dolorosos, hay siempre que enfrentarlos desde lo vital y sacar a la tristeza a golpes de nuestra casa como ella lo hacía: empleando la escoba invencible de la celebración.