La Guajira merece respeto

Por lo general, cuando es necesario referirse a un asunto específico, en la mayoría de las veces es conveniente echar una mirada por el espejo retrovisor a fin de que algunos o muchos detalles les sirvan al autor de una buena introducción al tema principal, así como los cimientos les sirven de soporte a una edificación.

Para el caso que nos ocupa, empecemos buscándole el verdadero significado a la expresión autopista terrestre para la movilidad vehicular.

Para el suscrito, una autopista terrestre es una vía rápida vehicular, urbana, intermunicipal o interdepartamental, conformada, como mínimo, por dos calzadas y un separador con ausencia absoluta de cruces a nivel, lo que se consigue mediante la construcción perpendicular de puentes elevados o, en algunas ocasiones, tratándose de vehículos automotores, mediante puentes subterráneos en forma de hamaca, siempre y cuando estos gocen de un buen drenaje. Como ejemplos de urbanas tenemos las autopistas Norte y Sur de Bogotá, entre muchas otras, e intermunicipales e interdepartamentales, La Ruta del Sol y la de la Recta Cali – Palmira, entre muchas otras también. En eso, señoras y señores, es en lo que consiste una autopista, así de sencillo. Lo raro del caso consiste en que a Germán Vargas Lleras se le dio por creer que los cesarenses y los guajiros no supieran lo que en realidad es una autopista, ante la creencia de que el 100% de los habitantes de estos dos departamentos vecinos y limítrofes son indígenas arhuacos, coguis, wiwas, arsarios y wayyúes.

Lo anteriormente expuesto se basa en el hecho de que cuando Germán Vargas Lleras fungió como vicepresidente de la República anunció a pies juntilla y a soto voces, en una reunión realizada en San del Cesar, así como también por la radio y la televisión, que muy pronto se licitaría la construcción de una autopista en el tramo correspondiente entre San Roque, en el Cesar, y Cuestecita, en La Guajira, constante de 350 kilómetros, por un valor de 350.000 millones de pesos.

Su craso error consistió en haber revelado el valor total de la obra, toda vez que una construcción de tamaña envergadura debe constar como mínimo 1.5 billones de pesos (billones, con b larga). Después se supo la ‘verdá pelá’, como suele decir el veterano periodista Enrique Herrera Barros por la emisora Cardenal Stéreo, en el sentido de que apenas constaría de un tramo de doble calzada de solo 14 kilómetros de longitud y que el resto se sometería al reparcheo. Esa mentira y muchas otras metidas de pata a lo largo y ancho del país le costó haber perdido las elecciones presidenciales pasadas.

En lo atinente al Cesar y a La Guajira, con lo que se recauda en el peaje de San Juan del Cesar no es como para que se siga reparcheando permanentemente el tramo La Jagua del Pilar – Cuestecita, puesto que lo que se requiere es su reconstrucción total. Lo del reparcheo no deja de ser pañitos de agua tibia. El asfalto que se usa allí es sumamente perecedero, en virtud de que muy pronto es destruido nuevamente por la llantas de los vehículos.

En conclusión, desde esta columna se conmina a los dirigentes del actual paro cívico guajiro no aceptar, sino su reconstrucción total, ya que La Guajira merece respeto.