La Guajira y la seguridad energética

La seguridad energética, que permita el abastecimiento continuo, en las cantidades y volúmenes que requiere el país de las distintas fuentes es un asunto de vital importancia. Ahora bien, el suministro de la energía puede provenir del interior o del exterior, cuando se presenta un déficit o insuficiencia para satisfacer la demanda doméstica. Es de anotar que en Colombia el consumo de energía es supremamente bajo cuando se compara con otros países de la región y del resto del mundo. El contraste es muy marcado, mientras México y Perú registran consumos de 2.3 MWH y 4.1 MWH per cápita, respectivamente, en Colombia a duras penas se consume 1.5 MWH per cápita, entre tanto en EEUU se registra un consumo de 12.6 MWH.

En cuanto a las fuentes primarias de energía con las que cuenta el país se distribuyen de la siguiente manera: petróleo 44%, gas natural 29%, hídrica 12% y carbón el 8%. La participación de otras fuentes no es representativa. Aunque se cuenta con una matriz eléctrica bastante diversificada, con una gran preponderancia de la generación hídrica, en más del 60%, muy vulnerable frente al cambio climático, los derivados del petróleo, el gas natural y el carbón representan más del 80% del consumo de energía. Tanto el sector transporte como el sector industrial consumen fundamentalmente refinados de petróleo, en una proporción que supera el 80%. La electricidad apenas sí  participa con el 17%, de allí que uno de los retos que enfrenta Colombia es la electrificación de su economía.

Así las cosas, el talón de Aquiles de la seguridad energética del país está en su alta dependencia de los hidrocarburos y sus limitadas reservas toda vez que estas vienen en franca declinación y tienen un horizonte de autoabastecimiento extremadamente limitado. Recordemos que en 1975 Colombia pasó de ser exportador de crudo a importador, condición esta que perduró por 10 años, hasta que gracias al hallazgo del yacimiento de Caño Limón pudo volver a producir lo suficiente para cargar nuestras refinerías y volver a exportar. De no haber sido por el descubrimiento de las enormes reservas de gas natural en los campos de Ballena, Chuchupa y Riohacha en La Guajira y su puesta en producción, las aulagas del país habrían sido peores. La sustitución del consumo de diésel por gas en las térmicas, liberándolo para su exportación, amén de las exportaciones de carbón desde la mina de El Cerrejón contribuyeron a paliar el impacto sobre la balanza comercial y sobre la tasa de cambio.

Y no sólo eso, La Guajira se convirtió en la gran despensa para que se pudiera masificar el uso del gas vehicular, en la industria, en la generación eléctrica y en el consumo domiciliario. En un momento dado, a través de la red de gasoductos llegó a cubrir el 80% del consumo nacional. Actualmente La Guajira, junto con el piede monte llanero son los dos centros más importantes de abastecimiento de gas naturales de todo el país.

Cuando el país se abrió a la utilización de los biocombustibles, cuyo primer paso se dio a partir de la expedición de mi Ley 693 de 2001, La Guajira también contribuyó a esta estrategia que, además de mejorar la calidad de los combustibles mezclando un 10% de etanol con la gasolina y un 12% de aceite al diésel, contribuyen al desarrollo agrícola, a la generación de empleo formal en el campo y de contera a la seguridad energética, reduciendo el consumo de consumo 54.667 barriles/día, aproximadamente, de derivados del petróleo, cuyas reservas se agotan. Esta vez, La Guajira también contribuyó con esta nueva cadena productiva como productor, con 2.427 hectáreas sembradas de palma aceitera produciendo materia prima para el biodiesel y como consumidor, dado que el Cerrejón actualmente es uno de los mayores demandantes de la mezcla.