La lucha irracional por el poder y sus nefastas consecuencias

Por Rodrigo Daza Cárdenas

Colombia para lograr su independencia y conformarse la República, debió pasar por muchas vicisitudes enmarcadas en luchas contra el invasor, lucha entre generales y entre bandos del Ejército criollo, disputas políticas intestinas que al final dieron como resultado, después de los Centralistas de Bolívar y los Federalistas de Santander, los partidos Conservador y Liberal. Y luego de esta conformación de partidos se dan innumerables luchas y revueltas por alcanzar el poder cada institución partidista. De 1830 a 1957 se sucedieron más de 9 guerras civiles de alcance nacional y 14 revueltas regionales. Todas por la lucha por el poder. ¿Y el poder para qué? Siempre era para desplazar de las élites un partido al otro, de los cargos públicos y siempre terminaban en enfrentamientos estas disputas; muchas fueron cruentas; generalmente los hombres de la plebe eran quienes más sufrían y sufren estos estragos de esos enfrentamientos y esas guerras.
Considero importante para esta referencia histórica que me permito hacer, rememorar algunos sucesos que luego de narrados nos trasladan a la actual situación política que vive nuestro país.
Es de trascendental remembranza la lucha por el poder en que se trenzaron Bolívar y Santander; antes y desde ahí, aun cuando dizque buscando la paz y concordia nacional, han sucedido muchas guerras civiles, entre otras la de la Patria Boba, la de los Mil Días, revueltas por la disputa del poder entre liberales y conservadores y por divisiones internas de esos partidos; la época de la violencia que conllevó a la conformación del Frente Nacional, la guerra de guerrillas y hoy, actualmente, hay una confrontación ideológica, partidista, de élites políticas, de grupos radicales y hasta de generadores de opinión que ha propiciado una polarización extrema en la población por el actual proceso de paz que como en esas épocas, se dividían los líderes políticos y de opinión, creándose ambientes hostiles hasta cuando arrancaba otro periodo de violencia y guerra.
He hecho esta referencia porque veo reflejado en el actual ambiente político del país, los mismos elementos que en la historia de Colombia están registrados como precursores de esas guerras civiles y esas disputas y revueltas, y evaluada su cinemática hace pensar que en vez de estar fortaleciendo un Proceso de Paz, están cocinando una disputa que todo mundo sabe que arrancó pero nadie sabe en qué va a terminar o a dónde va a desembocar. Es indiscutible y quiérase o no, debemos aceptar que fue concebido dicho proceso para acabar con una guerra fratricida.
Podríamos tranquilizarnos diciéndonos nosotros mismos, a manera de consuelo, que hoy somos más civilizados, que existen muchos mecanismos filosóficos, democráticos y políticos para evitar que eso suceda, pero tiene mucho peso el comportamiento y el carácter de los colombianos, además de la irracional disputa por el poder como condimento. Están los líderes nacionales conduciendo al pueblo a cultivar odio, confrontación perversa y deseos desenfrenados de “acabar el uno con el otro”.
Quienes recibimos los sabios conceptos o comentarios diariamente del ciudadano común, sentimos que no hay en la sociedad un ambiente cordial por la actual situación política del país y que muchos dirigentes nacionales cada día se esfuerzan más porque ese ambiente se caldee más y la controversia sea más agria, más enérgica y más punzante. Cuando se quiera reaccionar y proponer concordia, ya estaremos en un estado mental de animadversión y confrontación que el natural saludo entre amigos o conocidos podrá confundirse ‘con un madrazo’ o una acusación. No quiera Dios que este juego político se nos vaya a salir de las manos y las estrategias por conseguir voto para ganar el poder y desplazar a los demás, no sea el caldo de cultivo para una nueva etapa de violencia. ¡Dios no me escuches!
A quienes nos toca participar en los procesos políticos y electorales sin guardaespaldas, a pie, de casa en casa, por los barrios y veredas, cara a cara con el ciudadano común, desde ya debemos iniciar nuestro análisis para construir un mecanismo que nos permita hacer proselitismo, defender nuestras ideas y nuestros candidatos y tener diferencias con otras personas pero que esto no sea motivo de luchas entre amigos, paisanos y familiares. En La Guajira y ojalá en toda Colombia, que “la mala bilis y el veneno emocional” de los líderes nacionales no nos contaminen y sea lo que siempre ha sido, ‘fachada’, porque después de sus enfrentamientos salen estos líderes a tertuliar juntos, a viajar juntos, a compartir mientras que el fanatismo que engendran con sus discursos y comentarios en el Congreso, por la radio y la televisión, infectan la mente de los desprevenidos ciudadanos y terminan o terminamos atacándonos, agrediéndonos y ni lo quiera Dios con resultados lamentables. ¡Santo Tomás de Villanueva mete tu mano!