La mala hora colombiana

Una circunstancia inédita, excepcional, ha determinado la suerte y el destino de Colombia en las últimas dos décadas. El país ha estado supeditado al vaivén de los intereses de un individuo, por añadidura como es apenas obvio se benefician él y sus afines, minoría selecta de políticos venales y un cerrado circulo de inescrupulosos, insensibles y ambiciosos empresarios. El país se encuentra abocado a un absurdo perpetuo, a un círculo vicioso que no muestra síntomas de superación. Condenado a una vida sin sentido. Investigar algún delito en el que está comprometido el ‘Gran Colombiano’, corre el telón de su modus operandi: falsos testigos, intimidación a contradictores, espionaje y descredito a operadores judiciales, soberbia campaña mediática a su favor y en contra de sus acusadores, todo en procura de su absolución y “honorabilidad”. Las evidencias, la contundencia de las pruebas, son un canto a la bandera, la conclusión y el resultado apuntan a lo mismo: impunidad.

La realidad institucional transita una confusa e irrazonable mezcla de dictadura con monarquía. Alborozados cortesanos -afortunadamente no tantos- celebran que el próximo candidato presidencial pudiera ser el hijo del “Gran Líder”, dentro de dos o tres décadas la dinastía será copada por un nieto. A dónde hemos llegado. Los felices áulicos, no se dan por aludidos que la ejecución de esa partitura hunde inexorablemente a la nación en un enorme lodo ético, moral y político. La deslegitimación institucional alcanza cotas insospechadas, lo que terminará pasando factura a la nación como un todo. Obviamente llegado ese momento, que esperamos no tarde demasiado, corremos el riesgo de ser un remedo de país, maltrecho, saqueado, destruido en sus fundamentos institucionales, demolido en lo económico y en lo social. En el interregno seguirán blandiendo el impúdico embeleco del Castrochavismo.

Inconcebible la manera como la jugarreta del inefable expresidente y exsenador al eludir la competencia de la Corte Suprema para que el proceso aterrizara en la Fiscalía ha devenido en una comedia, farsa monumental. La sólida investigación de casi tres años, fallada por un cuerpo colegiado, Sala de Instrucción de la máxima instancia judicial del país, fue desatinadamente desbaratada en un dos por tres y sin fórmula de juicio por un Fiscal recadero. En los prolegómenos de la decisión de la estafeta judicial fuimos testigos de estratagemas orientadas a encontrar justificaciones para motivar el destino ineludible del proceso, independientemente del acervo probatorio: solicitar preclusión. Inaudito, exótico, contradictorio, rol de la Fiscalía, buscando a como diera lugar razones para exculpar y prohijar los derechos del victimario, en contraposición a lo que sería su rol natural: proteger los derechos de las víctimas. Hasta donde llegan mis escasas nociones jurídicas la Fiscalía es un ente acusador. Su función natural es investigar delitos. En este caso se dedicó a encontrar evidencia en favor del acusado, si es que la había. Se apoyó en una estrategia sincronizada con la revista Semana, RCN y El Tiempo, prominentes medios fungiendo como cajas de resonancia y que ambientaron ante la opinión publica una descarada maniobra tendiente a garantizar despotismo.

De cualquier manera, ese proceso aún tiene una serie de “arroyitos que pasar”; pendiente la decisión de la Juez de Conocimiento ya seleccionada; en su defecto cabe la apelación por parte de las víctimas ante el Tribunal Superior de Bogotá, es factible un amparo Constitucional ante la Sala Penal de la Corte Suprema, y hasta cabría la posibilidad de un recurso de Casación, también ante la máxima entidad judicial del país. Finalmente, y ante una supuesta ausencia de aplicación de justicia a nivel interno, subsiste la opción de la Corte Penal Internacional.

La desproporcionada campaña de deslegitimación asumida por el Líder y la secta no se ha limitado a la Corte Suprema, los tentáculos de sus desatinados reparos se extienden a la JEP. Las incitaciones y oscuros propósitos han ido quedando expuestos a la luz pública: la revelación de la real magnitud de la tragedia y la barbarie humanitaria conocida eufemísticamente como Falsos Positivos. Los frenéticos hinchas del líder pensarán hacia sus adentros que la descomunal deslegitimación institucional se circunscribe a una sensación de caos e inseguridad jurídica para los demás. No, la fortaleza institucional es fundamental en el crecimiento. Al admitir y aplaudir las tropelías de su líder están “echándose cuchillo a su propia garganta”.