La Manta

Cuando la cultura ancestral te corre por las venas, te resulta natural y habitual lo que a otros les sorprende.

Crecer en La Guajira es entender el colorido como algo intrínseco a nuestra visión, siempre llena de luz, de la nitidez de su cielo azul, su sol brillante y sus inmensos desiertos y para complementar este prisma color, cierra con broche de oro, ella: “La Manta”.

Si uno repara la forma de la sombra de las indias wayuú cuando cruzan los desiertos de La Guajira con sus vestidos amplios, en efecto asemejan a las mantas marinas que nadan libres en el mar Caribe, y quizás si por esa manía primitiva de inspirarnos en lo que nos rodea para darle nombre a las cosas, es que precisamente la manta guajira es tocaya de la manta marina.

En todo caso, ni nos sorprende la belleza de estos vestidos. Nos acostumbramos a verlos y usarlos, especialmente para defendernos y protegernos del calor, porque por su frescura ellas son peculiarmente “las que no necesitan abanico”, además de cubrirnos cómoda y ampliamente suficiente como para mantener a salvo el pudor, sin perder la feminidad.

Ver “La Manta” traspasar fronteras y capturar la atención del universo, en un Miss Universo, despertando el interés de la humanidad por nuestros siempre olvidados indios wayuú, hace que se nos llene el alma de una oportuna alegría, y digo oportuna porque ya casi que nos acostumbramos al negro luto y a la tristeza y, por cuenta de una hermosa Laura, nuestra Miss Colombia, les apuesto a que el orgullo ancestral dibujó sonrisas y nos llenó de color, trascendiendo desde el rincón del desierto guajiro a la televisión mundial y las omnipresentes redes sociales.

Que buena moza que estaba esa muchacha y como le quedaba bonito ese colorido vestido… lo sé que soy subjetiva, el amor es así, pero cuando imagino las manos laboriosas de nuestras artesanas, tejiendo y armando borlas, con sus ojos siempre entrecerrados y la cabeza semi agachada, resignadas a la pobreza de sus condiciones humanas y con la dignidad de su riqueza “ancestral”, a mí la sangre no se me hace agua en las venas y sé que a mis paisanos esta vaina también los emociona.

Yo reflexiono y digo: “cojéeme ese trompo en la uña” ¡carajo¡ … que riqueza tan inmensa la que tenemos por cuenta de nuestra cultura wayuú, cómo no cuidarlos, cómo no protegerlos, si nuestras vidas mismas no son suficiente para pagarles ese legado cultural que ha sobrevivido a las 7 plagas de Egipto, pasando por la barbarie de la conquista y ni que decir de las injusticias sociales y el olvido nacional.

Estamos en deuda contigo “waré”, te debemos tanto “mi mache”, perdónanos “tachon” pues somos nosotros los que deberíamos mendigar por este suelo que solo a ustedes pertenece.

Gracias Blanca, “nuestra diseñadora”, porque a través de ti, millones de ojos miraron para el desierto y tal vez sí notaron a una legendaria india sedienta y curtida buscando un poco de amor o, al menos, de respeto.