La María Farina y su eterno romance con los guajiros

Hay situaciones que generan inspiración con esencia cultural, estos días que he escuchado al artista guajiro Gerardo Toro con sus historias que nos llevan a viajar por las costumbres originales y divertidas de nuestra tierra, recordé la columna titulada ‘El Guajiro y su olor a María Farina’ que escribí en el año 2012 y me motivé a escribir esta nueva versión que confirma la inmortalidad que logró esta loción masculina y las infinitas anécdotas que protagoniza.

Mi primer encuentro con la famosa María Farina fue en el baúl de mi hermano mayor, del cual brotaba el olor de aquella botella que es majestuosa como las matronas guajiras y que se abrazaba perfectamente con ese agradable olor a madera antigua que se negaba a desaparecer a pesar del paso de los años.

La María Farina recorría los rincones de mi casa y su olor lo sentía también en los amigos de mi padre cuando llegaban a visitarlo o se reunían a parrandear; recuerdo que en el sepelio de un amigo de la familia esparcieron varias botellas en el ataúd y con la inocencia propia de mis 9 años, pensé que eso facilitaría al difunto llegar al cielo o por lo menos que Dios al sentir su buena aroma abriría de inmediato las puertas celestiales; luego en mi adolescencia entendí que ese olor representaba un poder masculino Guajiro, (aclaro que en el contexto de esta columna no discutiré sobre arquetipos machistas) solo busco hablar de la presencia de la María Farina y sus representaciones en muchas de las historias de nuestra región.

Es ella la que cubre miles de historias románticas/eróticas de los caballeros que en medio de un baño de su aroma emprendían recorridos mujeriegos y parranderos para satisfacer sus fantasías masculinas; cuántas parrandas, cuántas conquistas, cuántas apuestas y cuántas historias particularmente guajiras tienen su olor propio a María Farina –ella la Maria Farina– si sabrá de historias, le ganaría incluso al compendio de obras de Gabo, quizás, tendríamos que hablar de 100 años de pasiones pero jamás de soledad.

El olor a María Farina y su relación con el guajiro trasciende del contexto regional, cuando me fui a vivir a Bogotá, en ocasiones escuché en la oficina donde laboraba que “Si los visitantes olían a María Farina, seguro que eran guajiros”, así reafirmaba que el clásico olor a María Farina recuerda la historia de bonanza y contrabando de La Guajira; y sin ningún límite llega hasta la sobria Bogotá como una característica representativa del hombre guajiro. 

Me pregunto: ¿Qué pasaría si la María Farina hablara? Es posible que muchos hombres protagonistas de historias con olor a ella, sentirían algo de intimidación por ser desvestidos en alguna versión libre permitida a la matrona de los olores del “poder” masculino, se enteraría la sociedad de vivencias incluso no imaginadas y de repentinos romances –propiciados– por la dedicatoria de una canción vallenata y las endorfinas activadas por la olorosa María Farina.

El guajiro (clásico) y su olor a María Farina no se desligarán, aunque su uso sea menor en nuestros tiempos, ella escribió su gran historia en aquellas épocas de bonanza donde esparcirla en los difuntos o en las parrandas, no representaba ningún. 

sacrificio económico sino por el contrario una demostración de jerarquía, una manifestación machista que prolongaba categóricamente arquetipos culturales, los cuales – aceptados o no– hacen parte de nuestra realidad.

Vivan todas las historias que incluyen notoriamente a la María Farina, porque hacen parte de la magia de un territorio único y hermoso como el de mi amada Guajira; historias que nos invitan a tejer buenas acciones para una sociedad que merece nuevas y mejores realidades.

Vivan los clásicos guajiros (adultos o jóvenes) que aún en esta época de tanta oferta comercial de perfumes o lociones, continúan usando como arraigo cultural, su amada e infaltable María Farina.

Finalizo agradeciendo a Gerardo Toro por revivir las historias de nuestra tierra y recrearlas con ese talento que pone al servicio de las sonrisas de su gente y por recordarnos que estamos en este paso terrenal para ser felices y riohachero o riohachera que se respete siempre busca ser feliz con las riquezas culturales con las que hemos sido bendecidos.