La mujer soñadora

La mujer madre eres; el silencio de la idea, la prudencia; el canto sublime de la tarde y el beso que se esfuma con el aire, la gota formada por el rocío y el canto juguetón en faro de algarabía dulzura mujer; son las manos que escriben, saludan, bendicen, dibujan, que abren esperanzas, surcos, que cultivan y dirige en su corazón la fe de alcanzar la paz en vivencias colectivas en este silencio eterno madre fonsequera que con su ternura, su inocencia de niña, sus sueños, su generosidad profunda y grande, dolor y celos sentimos por la ambrosia de su encanto, lo maternal en su sagrado misterio de la vida y muerte buscando la felicidad de sus seres queridos, con paciencia y gallardía en nobleza de néctar de su encanto matinal para darle sabidurías esa pléyade de hijos profesionales. Para ellos mis condolencias y fortaleza a todas sus familias.

‘Yiya’ fue el paisaje que pintaba los soles en el arco iris, la imagen que forjó el cerebro, el panal que fabrica las abejas, fueron sus manos que imploraban paz, cultura y educación para Fonseca y La Guajira, alegría, la armonía de tranquilidad espiritual y un mejor amanecer para ellos sus estudiantes vivas o muertas fuiste mujer madre, pétalo que fortalece, las vivencias en la vida cotidiana misericordia en lazos de hermandad y en diademas de solidaridad. Ella mujer, madre, educadora maravillosa fuiste y serás en los fonsequeros esa educadora mujer, madre el mejor medio para descubrir a Dios y el camino ideal para alcanzar la paz espiritual educando amorosamente. Pétalo radiante de honestidad, ética de las noches dormidas y el cocuyo que la cruza en su vuelo anunciando el sueño y fantasía de los enamorados tan radiante como las aguas del Ranchería, esplendorosa llena de sueños, armonía de alegría, serás la luz que le dan las estrellas, la aurora que se va silenciosa por los pocos higuitos que le quedan a Fonseca; anunciando una noche de nostalgia de fe y esperanza, sonriendo con felicidad que debemos recordarla en sus hermosos años, su integridad primaveral que fue para nosotros juntos a la plaza y la imagen de San Agustín, que siempre la protegió espiritualmente su ayuda divina, gracias mamá, mujer educadora y servicial, que dio razones para vivir soñando y educando sin claudicar sirviendo.

Madre, mujer fuiste, testimonio de vida y la valoración del ser personas bendecidas por Dios, rescate de nuestros valores humanos. El canto sublime y eterno será ‘Yiya’ que pregona la verdad, es la melodía de los enamorados que embadurnan sus corazones en el aliento radiante de una bella, hermosa y sencilla mujer llena de humildad en diademas diamantinas con dignidad fervorosa. Fue ella la ternura; una radiante madre suave, grata como el perfume de las flores melodiosamente. Es el eco, y está entre las brisas provincianas que cantan a Dios su regocijo de reencontrase con su alma celestial, el verbo que se conjuga con amor, cuando sentimos su aliento en nuestras almas.