La navidad, entre la nostalgia y la triste realidad

“Presiento con las brisas de verano la presencia de un hermano que por circunstancias de la vida de mi lado un día se fue, recuerdo los consejos de mis viejos que a la tumba ya se fueron, y quisiera devolver el tiempo para verlos otra vez, navidad quisiera encontrarlos de nuevo, navidad será que se han ido hacia el cielo, navidad, donde están quisiera abrazar a mis viejos”.

El aparte transcrito corresponde a una de las canciones vallenatas más bellas de las que se han hecho a la navidad, ‘Vientos de navidad’, de la autoría de Omar Geles, es una crónica a la nostalgia, su letra describe muchas cosas que uno piensa y siente durante estos días, y Alex Manga en su interpretación no deja duda que, si el compositor la escribió con las alas rotas del corazón, él la cantó con el alma conmovida por las recordaciones.

En días pasados, mientras se hacía mantenimiento a las paredes y pintábamos en nuestra casa en Monguí, recordábamos que estámos en navidad, un caudal de recuerdos fueron llegando a mi mente mientras mi corazón se arrugaba conturbado al observar vacía la mecedora donde mi vieja decía que mecía sus penas y sus alegrías, recordé a todos nuestros viejos que ya no están, recordé a mis amigos de infancia que no volveré a ver, llegó a mi imaginación el retozo nocturno cuando todos corríamos jugando la escondida, el chuche y la libertad alumbrados por un cielo estrellado y plenilunar, ese día fue ostensible el vacío en la casa de mi padre y de mi madre, me consolé recordando que desde el lugar donde este ella debía estar feliz porque la casa fue vestida de navidad como a ella le gustaba.

Desde que mis ojos vieron por primera vez la luz, el espíritu de la navidad estuvo presente en el hogar bendito que Dios me regaló, eran noches frescas y madrugadas heladas, días largos de sol brillante y vientos de soplos de ráfagas que levantaban graciosamente la falda de las mujeres, nadie hablaba ni de política, ni de mala situación ni dificultades con las cosechas, solo se escuchaba hablar de verbenas, paseos, sancochos, y el viaje “a comprar la pinta”, eran entonces otras las preocupaciones de la gente.

Durante los días de navidad permanecía el salón de mi casa lleno de muchachos que regresaban de estudiar, su retorno al pueblo, era un gran acontecimiento, generalmente venían de las Escuelas Vocacionales de Fonseca y de Carraipía, lugares que entonces quedaban lejos de mi pueblo, también venían quienes estudiaban en Medellín, para ellos el recibimiento era el de un astronauta que venía del espacio porque viajaban en tren o en avión, era “algo de otro mundo “, a mi casa llegaban a leer los periódicos que papá llevaba, revistas y a hablar de fútbol y de festejos.

Las muchachas también hacían su entrada triunfal, venían de los internados de la Escuela Normal de señoritas de Uribia o del Instituto Nicolas de Federmann de Riohacha, ellas en obediencia a las férreas enseñanzas de urbanidad que recibían, llegaban por las noches a cada casa a saludar a los viejos del pueblo, con su presencia comenzaban los bailes, cada día había un nuevo motivo para bailar, y esa temporada parecía un fin de semana de treinta y un días, los motores de los picó de Mitilia y el de Joaquín Muñiz permanecían calientes, porque no se tenía servicio de energía, pero no importaba, como no había perros se monteaba con gatos.

Para asistir a los bailes no se necesitaba invitación, todos podían asistir, y si no llevaba “pareja” no importaba porque “el barato” estaba permitido, al terminar el disco, cualquiera atravesaba la pista y llegaba derechito donde el bailador y le pedía a la muchacha prestada para bailar con ella el, y nadie se molestaba, -el típico daña plante- era usual que mientras la gente bailaba, se le acercara alguna persona a ofrecerle chitos o chicles para que le brindara a la chica con la que estaba bailando, eso era normal, hoy se consideraría un acto de imprudencia y corronchería, todo ha cambiado para mal, los perequeros abundan, los irrespetuosos hacen de las suyas, hemos perdido, alegría, las fiestas han perdido gracia, se acabó la espontaneidad y mientras la mayoría desea disfrutar de estos tiempos de sentidas evocaciones y de encontradas emociones no falta el bárbaro que descargue sus amarguras en contra de quien está contento.

Cuanta falta hacen los viejos que ya el altísimo se llevó a sus aposentos, eran la sombra tutelar de todos, eran mientras fumaban sus tabacos y nos contaban las pretéritas historias con el arbolito pieza esencial de la fiesta navideña, ninguno de ellos se preocupaba por dejar herencias materiales, pero si eran verticales en sus desvelos para dejarnos un legado de pulcritud y de buena conducta, como dijo Omar Geles, quisiera abrazarlos de nuevo, seguimos extrañando los cuentos de cada noche de mi abuelo en la puerta de la casa, era un trabajador del campo, esclavo de sus rastrojos y de sus convicciones, de recia personalidad, y divertidas historias, en cada diciembre con “Brilla metal” limpiaba su revolver para hacer tres tiros el 31 de diciembre a las 12 de la noche para despedir el año, era el momento ritual cuando nos daba la bendición.

Bien lo dijo ‘Poncho’ Zuleta en 1971 en su canción ‘Los tiempos cambian’, “como pasan los tiempos y solamente queda el recuerdo, como pasan los años ni siquiera nos damos cuenta”.