La pandemia, la familia y los momentos de crisis mundial

Estamos viviendo unos momentos de crisis mundial que afecta no solamente la salud, sino todas las dimensiones del desarrollo. La dimensión políticoinstitucional, social, económica, ambiental y poblacional, sienten hoy la amenaza ante un riesgo inminente que estremece toda la arquitectura del desarrollo de las naciones. Pero pienso que el liderazgo de las instituciones con la sabiduría y el discernimiento que distingue al hombre moderno puede controlar el pánico y la expansión de esta pandemia de coronavirus de incalculables consecuencias para la humanidad.

El principal mensaje es obedecer a quienes llevan el timonel del estado y sus entidades territoriales. Quien obedece no se equivoca y reduce la posibilidad del contagio y se salvará, pero quien desobedezca puede correr el riesgo de condenarse a morir cremado y sin familia que lo consuele.

Estamos frente a un hecho sin precedentes en la historia reciente de la humanidad. Todo quedó reducido al aislamiento y a compartir en familia obligadamente. Aquí no hay estratos, ni fama, ni dinero, ni poder que valga. Todos volvimos a ser iguales, como Dios manda. Del polvo venimos y en polvo nos convertiremos como está escrito. Pero quizás lo más importante es que hoy todos nos hemos puesto la mano en el pecho y estamos reflexionando. 

Las casi calles solitarias, sin el vehículo, sin el peatón y sin todos los accesorios que le son propios. Las casas en hacinamiento, atiborradas con todos los miembros de la familia adentro, sin que alcancen los electrodomésticos para compartir y recrearse, pero dándole cabida al afecto natural y al amor fraternal. Esa condición de la naturaleza humana de creerse sabio en su propia opinión, apartado de Dios, egocéntrico y arrogante, revestido de fama, dinero y poder, viviendo solo una vida de parranda ron y mujeres, creyéndose el dueño del mundo, está arrinconada. Tenemos que rodar por el suelo para mirar el cielo, dijo Borges.

Perder, ya es ganar un poco, dijo Maturana, y el hombre entre más solo está, más mundo ve, dijo José Narosky en uno de sus célebres aforismos. Estamos reducidos a la más mínima expresión de la naturaleza humana. Nos vemos más cerca de la muerte que de la vida. Hoy quizás nos arrepentimos de haber negado un abrazo, una palabra, un pedazo de pan o una ayuda a un necesitado. Quizás, los afanes del mundo no nos permitieron valorar la libertad o la familia o el amor de nuestros seres queridos. 

Hoy desearíamos correr a llenar las iglesias cristianas que ayer despreciamos. Así es la vida, hoy es más bonita la libertad del pájaro que vuela libremente por la inmensidad del firmamento, que nosotros, que somos prisioneros de nuestros propios miedos. Tenemos miedo y no sabemos a qué, si al lúgubre y frío abrazo de la muerte o al juicio de una familia que reclama nuestro amor y nuestra presencia.

Desde luego que todos los seres humanos hoy quizás estamos doblando rodillas. Los que creen en un Dios vivo y en su hijo crucificado en el madero, y los que lo buscan en momentos de desgracia como estos, donde todos claman de labios para afuera, padre nuestro que estás en el cielo, sálvame. Este mundo lleno de vacíos, solo en busca de la gloria, del consumo, del materialismo excesivo, de la grandeza del falso poder, nos ha subido en una nube gris.

Hoy, cuando vemos la posibilidad de descender, no vemos brazos que nos reciban sino los de Dios. Aquí está el Superman y el superhombre en la soledad de sus errores, reducido a unos espacios cada vez más sordos y más amortiguados. Se callaron los aplausos, los cánticos de adulación, las lisonjas y los falsos elogios. Porque hasta los principados y los reinados sucumben frente a la ira de quien creó el mundo.

Hoy solo ríe la naturaleza, mejoró la calidad del agua y del aire y las especies en vía de extinción volvieron a asomarse sobre la faz de la tierra. Claro, el depredador de la naturaleza y el ambiente está en su celda familiar y no puede arrasar lo que está a su paso. Su espíritu exterminador, solo una pandemia amenazante podría doblegarlo. El aislamiento obligado del hombre le devolvió la libertad y la paz a la naturaleza. Hoy desde nuestras cabañas, se escucha el canto del gallo y las aves silvestres, el sinsonte volvió a cantar en el espeso monte y el rey guajiro encopetado, volvió a posarse sobre la rama a lucir su plumaje y su reinado.