La perpetúa

Ella había decidido dedicar su vida a Dios y a las cosas de la Iglesia.

Desconozco la razón por la que no continuó a hacerlo desde un convento; solo sé que ello no le impidió abrazar su misión: “Servir a Dios” y fue así como toda una vida la vimos en su hábitat natural donde se movía como pez en el agua, en la catedral ella estaba en su yeré vistiendo santos y cuidando su iglesia, más suya que de ninguno. La poseía con actos de señor y dueño, la cuidaba y conservaba cada objeto como lo que eran: cosas preciosas y sagradas.

Hasta su nombre le hacía honor a su vida, pues ella era Resurrección, Ascensión, Venida del Espíritu Santo, Asunción y Coronación; en fin, la Gloria.

Aunque si su corporatura era diminuta, la potencia en la voz no le faltaba a la hora de alabar al Señor y cantaba, entre las bancas de la iglesia, los santos y aleluya mientras sostenía el platico de las limosnas y recogía las ofrendas de los feligreses.

También leía muy bien entonada, claro y alto y con su gesto serio, de poca sonrisa. 

Un día se permitió su único lujo, la sencillez en su vida era lo cotidiano, lo confirman sus zapatos blancos de caucho que le permitían un andar sigiloso y su eterno vestido, también blanco, con su cinta azul claro. 

Sucedió que después de abandonar su vieja bicicleta, se compró una moto vespa pequeña para facilitar sus desplazamientos entre la bomba de su padre, también con nombre religioso, “16 de julio” y la iglesia y la veíamos siempre por la zona del parque, con su cabello corto y su expresión de pocos amigos y de quien es bien fuerte en su mandato, como rechazo o defensa a la impertinencia y atrevimiento de los vagos que le gritaban “Sor”.

Los mayores la defendían con vehemencia y más de uno fue fuertemente castigado por tirársela de gracioso y atreverse a importunar la casta doncella.

Por fortuna, muchos la queríamos, la respetábamos, la admirábamos y no era para menos, su entrega a las cosas religiosas era inigualable.

Hacer una vida misionera por convicción y vocación, porque le dio su reverenda gana, era asombroso para nosotros comunes mortales y por eso ella es, sin duda, una leyenda de la comarca digna de recordar con admiración. 

En el tiempo de Dios se fue y no me cabe duda de que Gloria está en la Gloria, pues gastó toda su vida a prepararse con dedicación a ello, y lo que es más loable aún, siguiendo sus propios códigos y reglas con la misma rigurosidad de quienes están en un convento.

Los vagos atrevidos ya no la importunan con sus gritos, lo que ellos no saben es que ella realmente jamás se incomodó porque de su ley, como era, tenía bien claro lo que debía hacer y mientras estos se desgargantaban, ella entre salves y Ave María, se repetía mentalmente: al bagazo, poco caso…