La pésaj, la pascua y la peste

Se inician, casi juntas, como suele suceder, ambas Pascuas. La antigua, el Pésaj de los hebreos, y la cristiana de Resurrección. Unos celebran la salida del Egipto. Los otros, el triunfo sobre la muerte. En realidad, muchísimos israelitas creen que llegará la Resurrección, y todos los cristianos tienen por cierto y milagroso el Éxodo. Podrían celebrar en conjunto, entonces, y es bastante posible que lo hicieran, cuando el cristianismo era muy joven. 

Desde el Concilio Vaticano II y la Declaración Nostra Aetate, ambas Pascuas se han tendido a recordar juntas en muchos países, especialmente en aquellos donde existe una armoniosa convivencia social. Durante siglos, empero, esa conmemoración amistosa fue impensable. La acusación de deicidio, lanzada por los cristianos sobre los judíos, reavivada especialmente en los sermones pascuales, lo impedía. De hecho, la Pascua era muy temida en las casas israelitas, pues a menudo los cristianos cometían el Viernes Santo atrocidades. Incentivados por las homilías, atacaban los barrios judíos con saña. Se recomendaba a los hebreos no salir a la calle, quedarse en sus casas por seguridad.

No es ese el único factor que hoy, en medio de la peste, viene a la memoria. La ambivalencia axiológica de las epidemias en nuestra cultura se vincula al Pésaj. Porque el Señor, según la Biblia, lanzó las diez plagas sobre Egipto, la última de ellas de letalidad enorme y particularmente hiriente (la muerte de los primogénitos) para que el Faraón dejara, por fin, ir a su pueblo, los hebreos, a la Tierra Prometida. Quizás de ese empleo instrumental que el Altísimo hiciera, como un terrible medio justificado por el fin, en el contexto bíblico, de las plagas y pestes, nos haya quedado esa idea tan persistente, vencedora de los siglos, de que las epidemias son castigos divinos. En religiones de tamaña exigencia de conducta, pecar es lo corriente. Un Dios penalizador siempre tendrá sus excelentes motivos. 

Las razones del castigo cambian en las cosmovisiones. Fueron en su tiempo las desviaciones en la ortodoxia del culto, las malas costumbres sexuales, la lenidad para con los israelitas. Luego la aceptación de inmigrantes que traerían dolencias consigo.

Más adelante llegó la ecología, y entonces fue el daño hecho a la tierra. Nos cuesta asumir que una enfermedad pueda ser sólo eso: necesitamos, desesperadamente, echar culpas a alguien. A otro o a nosotros mismos.

Cuando Thomas Malthus, en su famoso Ensayo de fines del siglo XVIII (monumento difícil de superar al arte de decir cosas sin investigación ni evidencia, y conseguir que esas cosas sean luego repetidas por centurias como verdades sacras), consideró a las pestes como reguladores naturales del desequilibrio población-recursos (función decisiva, al parecer, para hacer concebir a Charles Darwin el modelo de su teoría) dejó insinuada (era hombre religioso) la bondad intrínseca de las epidemias. 

En la óptica de Malthus, sin pestes y sin guerras, la humanidad estaría condenada a desaparecer, hasta que se practicase por fin la restricción en la natalidad. Hace pocas décadas, cuando se desató el HIV en el mundo, grupos de varias religiones bíblicas lo saludaron exultantes, considerándolo un castigo del Señor a las personas homosexuales. Una vez más, como en el Éxodo y en Malthus, el fin justificaba el medio.

Esta Pascua nos encuentra recluidos por seguridad en nuestras casas, como lo estaban los israelitas de Europa, por siglos, durante la Semana Santa. Las calles están vacías como debieron estarlo las del Egipto aquella noche, cuando el Señor liberó al ángel de la muerte para matar primogénitos. Miles de Marías y de Juanes lloran a sus seres queridos, sin poder darles siquiera la sepultura que el judío José de Arimatea diera, piadoso, al Nazareno, cuando descolgó de la Cruz su cuerpo exangüe. Millares de familias no tienen más alternativa que esperar hoy, para volver a ver el rostro amado, la Resurrección prometida, porque les han devuelto una hornacina silenciosa.

Las fronteras están cerradas en el mundo, como lo estuvo para los israelitas fugitivos el Mar Rojo. Pero no hay oraciones ni cayados de Moisés que las abran, ni hay panderos de Miriam para cantar el fin del aislamiento. Sin embargo, siguen endiosados por doquier becerros de oro, los carros soberbios de los faraones no cesan de exhibir poder desnudo, y una humanidad, que se jactaba de ser más recta y buena, muestra una verdad merecedora del Diluvio.

Los conejitos de chocolate y los huevos pintados, estas Pascuas, este Pésaj, perderán para muchos el aroma y el sabor (que se los lleva, en varios casos y aún no sabemos por cuánto tiempo, esta enfermedad). Pero, por encima de ello, perderán su magia ingenua, porque la peste ha desnudado a nuestra especie. Sin embargo, la Pascua de 2020 recuperará el sentido del deseo de libertad. Será más cercana la consideración del valor de la vida y del dolor de la muerte. En las mesas familiares (que esta vez han de ser, en su mayoría, telemáticas) se han de atesorar los afectos y las sonrisas dulces, hoy tan escondidas. Se han de añorar las manos cariñosas que no se cubrían con guantes.

Que en estas sublimes Fiestas milenarias, cuando alcemos las copas, recemos, recitemos bendiciones, o simplemente soñemos sueños laicos de hermandad y futuro, nos comprometamos con que la próxima plaga, cuando llegue, encuentre a la descendencia de Noé más solidaria y fraterna. La única forma de que estas Pascuas sean realmente felices, es que las aprovechemos para imaginar, la especie toda, sin distinción de creencias, de religiones ni de nada, un mañana en que nos comportemos mejor.

¡Jag Pesaj Sameaj!

¡Feliz Pascua de Resurrección!