La puja por el poder en La Guajira

Nunca antes se había visto tanta proliferación de aspirantes a los cargos de elección popular a diferentes corporaciones públicas en La Guajira.

Parece como una enfermedad de llegar a los palacios de gobierno. No sabemos si será motivado por la actual crisis política e institucional o porque quienes aspiran, quieran medírsele a este inmenso desafío.

Se observa una reñida competencia en esta carrera por mejorar la imagen institucional de nuestro departamento, la calidad de vida de la población y los precarios índices de desarrollo humano de nuestra gente.

Lo más curioso, es que aún no se rompen los paradigmas y estereotipos que nos hundieron en esta profunda crisis política y humanitaria. Son los mismos modelos y las mismas prácticas de asumir la democracia participativa como si aquí no hubiera ocurrido nada. La ciudadanía no le teme a los delitos electorales y espera ansiosa los bojotes de plata para movilizarse y muchos aspirantes no formulan sus planes de gobierno porque dicen que eso no le importa a la gente. Pero el grueso número de abstencionistas y los que le hacen fila al voto programático, siguen esperando las propuestas tanto de departamento como de los 15 municipios de La Guajira. Unos esperan que quede atrás el viejo modelo de elegir al que tiene pesos en el bolsillo y vacía la cabeza. Mientras que en el otro extremo están los que le apuestan al viejo modelo clientelista de que es con plata como se gana y se llega a los escenarios de poder.

Desde el punto de vista de la doctrina más sana, pienso que la coyuntura político-institucional del departamento en esta ocasión demanda la superación de una prueba ácida. Esta prueba ácida consiste en trazar en el papel el estado del arte de lo que será La Guajira del mediano plazo. Es decir, dibujar los sueños colectivos y colorearlos como el arco iris de la península, para devolverle la alegría, la fe y esperanza perdida a un pueblo. Formulando propuestas con las posibilidades de éxito y consenso de los sectores sociales para el desarrollo del departamento y población con esa aspiración a un cargo de elección. Desde el entendido que no se necesita que ganen unas personas ni unas familias sino toda La Guajira. Pero poniéndose cada aspirante en los zapatos de la población y en los propios, mirando los niños y madres lactantes y gestantes y a los desempleados, desposeídos y víctimas como si fueran su propia familia. Tratando en una labor titánica como un superhéroe de película de acción, de detener esa imparable carrera de la muerte a que se ve condenada nuestra población indígena y campesina por falta de políticas públicas con planes de inversión.

Para superar esta prueba no se necesita ganar encuestas ni tener el favoritismo de quienes aplauden con fanatismo, sino analizando a conciencia si la aspiración de cada uno es solo para tener poder o responsabilidades, o si se quiere figurar o trascender. Autocalificándose y respondiéndose así mismo, si es hombre o mujer de desafíos, y si tiene el carácter y el conocimiento para administrar y sortear los problemas y soluciones que La Guajira demanda en esta ocasión.

Dicen los ciudadanos más experimentados que hay muy buenos y malos aspirantes, pero que muchos de ellos son buenos para el futuro, porque están como el mango biche, colgados de la rama y deben madurarse más. Esta escalada de desprestigio nos ha dejado reducida la imagen y marcados como lo peor de esta nación.

Por lo tanto, les corresponde a los gobernantes y coadministradores que se elijan este año, cambiar la imagen y reivindicar a La Guajira, haciendo una gestión pública con resultados efectivos y apartados de los hechos más recurrentes de corrupción.