La revista Semana y la posverdad

Recientemente el diario digital español NIUS realizó una entrevista a Dario Villanueva: exdirector de la Real Academia de la Lengua Española, actualmente profesor emérito de la Universidad de Santiago de Compostela donde se desempeñó como rector en el periodo 1994-2002. En esa entrevista el teórico y crítico literario diserta sobre temas de actualidad palpitante teniendo como eje temático su libro “Morderse la Lengua”; trata en detalle el empoderamiento de la ignorancia y la estupidez. El alegato de esa investigación versa sobre corrección política y posverdad síntomas prevalentes de nuestro tiempo, subraya el apoderamiento de ciudadanos ignorantes y la mentira como motor de acontecimientos recientes.

Las demoledoras y contundentes verdades emergidas de esa entrevista dejan al descubierto la irracionalidad y el despliegue inusitado de comportamientos políticos estúpidos. Releerla con detenimiento y perspicacia me abastece de luces para entender la lógica subyacente en la metamorfosis y revolcón de la revista Semana que, en menos de lo que canta un gallo, desmontó un ícono del periodismo, del pensamiento diverso, crítico e irreverente y se transformó en un apéndice propagandístico del gobierno de turno, asumiendo una línea homogénea de pensamiento, y constituyéndose en el nuevo oráculo de la derecha colombiana. La Revista pasó a manos de un miembro de la cuarta familia más adinerada del país, el cual había anticipado sin empacho que la iba a convertir en la News Week colombiana. A fe que cumplió con creces. Como buen hombre de negocios, Gilisnki actual propietario entendió que, tenía que competir con las redes y que la verdad no vende ni económica, ni políticamente. Por arte de birlibirloque paso de ser un medio detestado por la derecha, a ser su fuente de información e inspiración, y a abusar de la posverdad.

La revista interpreta a cabalidad y satisface generosamente lo que se denomina hoy día el “pensamiento débil” que no es otra cosa que mantener instalado en la comodidad emocional de preservación de hábitos y prejuicios a sus nuevos lectores, contribuyendo a reafirmar sus sesgos de confirmación. Entendiendo sesgos de confirmación como la prevalencia de nuestros prejuicios frente a la evidencia, la prelación dada a nuestra equivocación por encima del acierto exterior. Al confirmar nuestros sesgos de confirmación nos incomoda, nos inquieta y rechazamos instintivamente cualquier cosa que refute las creencias y “verdades” que nos complazcan. En el contexto contemporáneo las redes sociales a través de las llamadas Fake News se encargan de satisfacer y nutrir ese “pensamiento débil”. Según estudio de MIT (Massachusetts Institute of Technology) 80% de los seguidores de redes sociales prefiere la mentira ajustada y acomodada a sus creencias que la verdad fastidiosa, irritante y que paralelamente le puede despojar de su zona de confort. La “nueva” Semana entendió y conoce perfectamente que ese nicho de mercado de consumidores de información está dispuesto a preservar sus sesgos de confirmación y mantenerse en su hábitat de confort. Según cifras, paradójicamente a pesar del detrimento de la calidad de sus contenidos ha aumentado el número de suscriptores.

En Estados Unidos el ejemplo apoteósico y contemporáneo de la posverdad fue la parafernalia mediática generada en torno a la invasión a Irak, se construyó una mentira maciza: las armas de destrucción masiva en manos del régimen de Saddam Hussein dispuesto a atacar y destruir a la gran nación. Se desencadenó la invasión, centenas de miles de muerte, destrucción del país, multinacionales gringas se repartieron el petróleo iraquí. Los estadounidenses cómodamente instalados en sus casas y a través de la televisión y en tiempo real mientras consumían palomitas de maíz tal como si estuvieran siguiendo la final del Super Bowl presenciaron el horror de esa absolutamente desigual guerra que, le permitió al Pentágono de escenario experimental en el que estrenó y probó modernísima tecnología bélica. El colosal y falaz aparato propagandístico fue absolutamente eficiente, funcionó, los ciudadanos justificaron y apoyaron la invasión.

La revista Semana, por supuesto guardando proporciones, ha montado su propio espectáculo informativo y su arsenal de posverdad local alrededor de noticias sistemáticas en torno al caso judicial del siglo en Colombia, el proceso contra Uribe. Su contribución a la posverdad no se agota allí, se ha reflejado asimismo en otros acontecimientos. Le tiene sin cuidado si con ello contribuye al arrasamiento de los restos aun supérstites de la precaria institucionalidad y a la espuria y vulgar descalificación del sistema judicial colombiano, está en lo suyo. Le es indiferente; el objetivo es publicitario y de satisfacción del sesgo de confirmación de sus nuevos y alborozados suscriptores. Que vivan los negocios y muera la verdad. Semana es la muestra patente de la crisis del periodismo colombiano.